LA IMAGEN NO PODÍA SER MÁS ELOcuente. La locación era Chía y el momento, la captura del confeso autor intelectual de la muerte del bebé Luis Santiago. En medio de la turba que lo apretujaba, un individuo salido de sus cabales, y a punto de hacerlo de su propia ropa, reclamaba frente a una cámara de televisión por qué las autoridades “no dejaban que el pueblo hiciera justicia”.
Lo mismo había sucedido en por lo menos otros cinco intentos o actos de linchamiento en lo que va corrido del año. Y viene sucediendo con espeluznante frecuencia en esta sociedad desconfiada y rabiosa que prefiere los emparedamientos, ejecuciones extrajudiciales, “limpiezas” sociales, masacres, asesinatos selectivos y una muy diversa y también escalofriante exhibición de “justicias privadas” como no se las imaginaron los judíos en tiempos de María Magdalena ni quienes labraron sobre la roca el Código de Hammurabi, el mismo de la Ley del Talión, hace ya casi 37 siglos, que sabían que una cosa era escribir la ley en la piedra y otra ejercerla en medio de la “piedra”.
No es difícil presentir que en ese gesto y en esa voz del linchador bogotano estaban representados los deseos de más de un colombiano que estaba dispuesto a darle en la cara, marica, y mejor aún si lo grabaran.
El mal, y no es consuelo, por supuesto, recorre el continente, desde Guatemala, Honduras y México, hasta Perú, Ecuador y Bolivia. Algo hemos de tener en común.
La tendencia a la justicia por propia mano que reclama, entre otros, el derecho de castigar, hasta la muerte, delata el talante de una generación que muestra abiertamente su desconfianza en la justicia pública y que cree fielmente en la fuerza bruta como única forma de reprimir el delito. Demuestra su desprecio por los derechos humanos básicos, para no hablar de los constitucionales, y su incredulidad en el monopolio estatal del uso de la fuerza.
Esas manifestaciones de furia popular son también la prueba viviente de que esos “ciudadanos de bien”, como se autodenominan, han recibido señales equívocas y malos ejemplos en los últimos tiempos. Todavía no tienen claro, por ejemplo, que una cosa es la seguridad democrática y otra la democracia de la seguridad, con base en la cual hoy se sienten con el derecho de ejercer su propia justicia a nombre de los demás.