Que el mundo medianamente cuerdo vea a Trump como un peligro para la democracia y que el mismo mundo hable, más que de Trump, de quienes en nuestro país —por estrategia o convicción, que los hay— quieren seguir su juego y mostrar que, jugando a la ruleta rusa, están dispuestos a hacer lo que sea con tal de mantenerse en el poder o cerca de él.
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Que el caos, la mentira y el oportunismo sean hoy cualidades que aplauden e imitan algunos de nuestros politicastros evidencia de qué manera se corrompió el ejercicio de la política desde el día en que salieron del clóset, dejaron las formas políticamente correctas y se embarcaron en la aventura descarada de manipular prejuicios, creencias y miedos.
Nada los hará cambiar de opinión: ni la maratón de documentales que discurren en plataformas y redes mediáticas, ni los trabajos periodísticos o editoriales recientes de medios prestigiosos como The Washington Post, The New York Times o Time, que han levantado todas las alertas al ver que, más que la vanidad y el capricho, está en entredicho la suerte del planeta.
Tampoco han servido los llamados de atención de la embajada estadounidense y de congresistas de ese país para que los arribistas de siempre no intervengan con mensajes falaces, fundamentados en odio, con la intención de influir en el voto hispano, crucial para decidir si seguimos por el despeñadero o hay posibilidades de redención.
Forman parte de quienes, absorbidos por la fiebre totalitaria, recuerdan a los fanáticos que al finalizar los años 30, en la etapa pretotalitarista, cerraron filas por el nazismo. Hoy las enseñas, en medio de crisis económicas, son similares: panamericanismo, antiinmigracionismo, racismo, militarismo y anticomunismo, impulsados por una prensa arrodillada que vende la propaganda como periodismo para despertar el subconsciente de la bestia dormida que acercó a la humanidad al precipicio.
Por aquel entonces veían al futuro dictador como rara avis o un orate sin futuro, y a una sociedad racional y madura como un antídoto suficiente. Veremos si el 2020, al lado de la pandemia, suena su segunda “trumpeta”.