Siempre será difícil convencer a un joven sobre las bondades de un sistema político o educativo, si el resultado es esta sociedad del caos que padecemos.
Ninguna de las generaciones que sobreviven en esta inestabilidad, ni las desaparecidas, tendría autoridad moral para decir que hizo bien la tarea, a pesar de la retahíla de lamentos de los mayores que añoran un supuesto pasado mejor, que quizás sólo existe en esa parte de la memoria donde se confunden el fracaso y la imaginación. Pero lo hacen sin sonrojo y convencidos cuando hablan de moral, tradición y educación. Costumbre vieja como las sentencias socráticas: “Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y faltan al respeto a sus maestros”.
La añoranza del pasado es lo poco que le queda a quien perdió control o autoridad, como pasa con los debates acerca de la saga navideña, medio ambiente, tecnologías y lectoescritura.
Todo un banquete para sicólogos y sociólogos. Dirán que es el síndrome del siglo (o década) de las luces, como plantea Woody Allen en su reciente y genial película Medianoche en París. O que son las tres primeras fases del miedo al cambio (inseguridad, ruptura ego-estatus y dilema hostilidad-desafío, en términos de los Guarnieri). O encarnación en los jóvenes del síndrome de Boreout, o del tedio, como trae a colación el comunicólogo Scolari; o de la resistencia de Bartleby, de Melville…
Son, en todo caso, síntomas de una sociedad que, como los astrólogos, es hábil para interpretar el pasado, pero incompetente para comprender el presente; que fundamentó, como refiere Pierre Levy, su universalidad totalizante en la palabra impresa, y ahora, dice Piscitelli, no sabe cómo desmontarse, no obstante que nuevas generaciones subsisten y gestionan su vida con otros signos como imágenes, íconos, gestos o hipervínculos, y que encontraron en lo audiovisuoescritural otra forma de comunicación, o que rompen moldes ante la incredulidad, desconcierto o ignorancia de quienes insisten, a pesar de sus precarios balances, en hacer creer que “su” pasado fue mejor. Ya lo dijo Einstein: “Está claro que nuestra tecnología sobrepasó nuestra humanidad”.
@marioemorales y www.mariomorales.info