Actuamos como poseídos. No de otra manera se entiende el actuar visceral y criminal del que se nutre esta realidad inconcebible, pero sobre todo inexplicable. Que un joven termine con la vida de otro sin mediar ofensa, y solo por el color de una camiseta, no tiene nombre. Como no lo tiene cada feminicidio en este país proclive a eliminar lo que dice que más ama.
Despojados de la indignación por la ineptidud gubernamental, por la impunidad y por la inseguridad, a nadie le cabe en la cabeza justificar el asesinato de otros por un intento de robo o por una confusión increíble, como sucedió con el joven que chocó paradójicamente con un carro de valores.
Que la respuesta a una disparidad o una contingencia sea la violencia o la muerte y que además se presuma inocencia habla a las claras de nuestras creencias y de nuestros prejuicios, fundamentados absurdamente en creer que, si se tiene la razón, da derecho sobre la integridad o la vida de los demás. Aquí se mata con convicción y el arrepentimiento público no es más que una treta jurídica para amainar la penas o minimizar la vergüenza social.
Que la vida no vale nada lo aprendemos desde pequeños, sobre todo si esa vida no es la nuestra. Por eso, asidos del instinto, miramos todo con doble rasero. Así actúan los que llamamos malos. En eso no hay mucha diferencia entre el macho alfa violento, el matón de esquina, el que se esconde enardecido en una idea ajena y el que asesina para despojar a los indefensos de su tierra. Son todos popeyes, de alguna manera. Una especie rabiosa que reacciona sin pensar y sin medir consecuencias.
La saña en la violencia intrafamiliar, la manera como dirimimos cada conflicto con propios y extraños o el maltrato recurrente con otras especies, como el cruel asesinato reciente de un perro en vías bogotanas, no solo da para incrementar los cientos de miles de expedientes penales, tratamientos siquiátricos masivos o exorcismos colectivos, es hora de replantearlo todo, pero especialmente la (de)formación en la casa, familia y primera escuela; después queda poco por hacer.
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