La semana pasada Colombia Diversa, la Fundación Buen Gobierno y la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes organizaron un foro sobre matrimonio y adopción de parejas del mismo sexo y, después del evento, todos querían hablar del “mariconcito” mencionado por monseñor Juan Vicente Córdoba.
Nuestra pulsión para hablar de lo escandaloso nos distrae de los argumentos brillantes: el improvisado discurso de monseñor llenó los titulares con incoherencias y frases desafortunadas. Lo que dijo representa a una Iglesia que ama y que al mismo tiempo odia; que delibera, pero mantiene el dogma; una Iglesia amable, pero que sigue condenando; una que añora el poder del pasado y ejerce el poco que le queda.
Cuando terminó el obispo, subió al estrado la jueza Luz Stella Agray. Esta valiente funcionaria pública fue una de las que casó una pareja del mismo sexo en noviembre del 2013. Ella, con voz pausada, demostró por qué el matrimonio igualitario es posible en Colombia. Inició su discurso rememorando un encuentro con su profesor Jairo Parra Quijano y citó una frase que le dijo a propósito de ser jueza: “los jueces ejercen el oficio de los dioses: juzgar a los humanos pero sin ser dioses».
Cada argumento tenía un sustento legal. A diferencia de monseñor, ella estudió la materia y sabía de lo que hablaba. Citó la ley de administración de justicia, la Constitución, sus deberes como jueza en un Estado Social de Derecho y las sentencias de la Corte. Acudió a presupuestos interpretativos coherentes y a la protección de los derechos humanos inalienables. A propósito de esto último afirmó: “los derechos humanos no se discuten, se realizan”. La jueza dijo, siguiendo a la Corte, que no existe justificación para negarles a las parejas del mismo sexo la posibilidad de formar una familia a través de un vínculo como el del matrimonio y recordó que el deber de proteger estas familias recae en el legislador por el principio democrático.
Ante la queja de monseñor por la posibilidad de que los jueces le otorguen derechos a las parejas del mismo sexo, la jueza respondió con contundencia: “no es la intención de los jueces. Por el contrario, es una carga que la eficacia de los derechos nos ha impuesto, y es hablar cuando el legislador calla, hablar cuando el legislador archiva”. Con inteligencia y consistencia de vida, la jueza le demostró al obispo la difícil tarea de juzgar.
La jueza hizo varias apelaciones personales: “quien les habla, además de ser católica, además de ser abogada, es una ciudadana colombiana que ha optado por conformar familia sin vínculo jurídico”, es decir, no está casada con su compañero. Según contó, fue procuradora de familia: “obviamente, no en la procuraduría del doctor Ordóñez” y allí conoció los casos de violencia intrafamiliar en los matrimonios heterosexuales “que tanto alabamos” . Esto la llevó a concluir que “a mí como mujer poco me convenía ese vínculo jurídico”.
Culminó su discurso controvirtiendo a monseñor: “la adopción tiene que ver con la idoneidad de ser padres, y la idoneidad no tiene nada que ver con el sexo de las personas. La única preocupación que debe tener Bienestar Familiar es lograr constatar que las personas de los padres adoptantes son ciudadanos idóneos para brindar amor, para lograr hacer crecer a un ciudadano que, cuando alcance la mayoría de edad, sea adecuado para vivir en sociedad, en paz, en seguridad y en libertad ”.
La jueza no habló de pecado ni de dogmas. Habló de la Constitución, dignidad y derechos. Esta jueza católica, que vive con su familia sin estar casada y es crítica del matrimonio, demostró que el respeto por el otro consiste en garantizar sus derechos como iguales. Mientras tanto, monseñor se quedó en un sermón empalagoso y plagado de contradicciones. La sabiduría habita en la jueza, el dogma en el monseñor.
Para ver el foro completo puede entrar a este link : http://uniandes.edu.co/noticias-transmisiones-canal-video/68-t-transmisiones/2068-nos-sabemos-si-alguno-de-los-discipulos-era-mariconcito