El columnista de semana, León Valencia, en su último artículo (dic. 9/13) se hace una pregunta retórica: ¿Cuándo le van a pedir perdón a Bogotá? Valencia se refiere, por supuesto, al carrusel de la contratación, sin discusión el mayor y más alevoso acto de corrupción en la historia de Colombia.
Para Valencia tanto el expolio por parte de dos de las cabezas del Polo como el silencio posterior de esta organización no tienen explicación: “La manera como les repartió a los concejales los principales hospitales de la ciudad para que nombraran a su antojo a los directores y saquearan los recursos. Fue un plan largamente pensado. Fue una conspiración entre los grupos políticos y el alcalde. Quebraron la mayoría de los hospitales. Jugaron con la salud y con la vida de los pacientes. Es la más infame de las corrupciones”, añadiendo: “…cuando se logró desenmarañar la trama tejida por el alcalde, su hermano el senador Iván Moreno Rojas y un puñado de intermediarios para repartirse las obras de la ciudad. En un artículo tan triste como memorable se podía ver que tenían una especie de comité central que se reunía periódicamente para tomar decisiones sobre los contratos, establecer el monto de las comisiones y la manera como se debían pagar, también para planear estrategias de ocultamiento. Nada era improvisado”.
La realidad es que el único consejo que se le puede dar a don León es que acerque una silla. Que acerque una silla para no cansarse, porque si cree que los del Polo le van a pedir perdón a Bogotá está equivocado. León Valencia puede tener la certeza de que el Polo ayer, hoy y mañana va a seguir pretendiendo pasar de agache, de guardar hipócrito silencio ante este monumental desfalco a la ciudadanía que se presentó precisamente en una administración que el Polo patrocinó y auspició. Hoy en día, solapadamente, líderes de izquierda arguyen que la responsabilidad de Iván Moreno, senador del Polo, y de Samuel Moreno, alcalde del Polo, es exclusivamente personal. A León Valencia no le tiembla la pluma en señalar: “La principal responsabilidad le cabe, desde luego, al Polo Democrático Alternativo y su actitud ante los hechos ha sido francamente decepcionante. La excepción fue Gustavo Petro, quien inició la denuncia. Los demás líderes guardaron silencio en un principio, o dijeron que debían esperar las decisiones judiciales. Después hablaron tímidamente del caso en sus instancias éticas y, ante el cúmulo de evidencias, obligaron a que los hermanos Moreno Rojas se separaran de la colectividad. No se habló más del asunto. Pero las investigaciones siguen su marcha y cada día aparecen otros militantes de esta colectividad implicados en la trama”.
Congresistas del Polo que se autoproclaman como cabezas impolutas en la lucha contra la corrupción esconden con sinigual destreza que el Polo Democrático Alternativo es el principal responsable político del saqueo a la capital. Anunciar, como lo hizo un senador de dicha colectividad, que la rapiña había que “mirarla en perspectiva” y que de todas formas al Polo no le cabe responsabilidad alguna ya que los Moreno actuaban a ‘título personal’ es un acto de cinismo, una ‘lavada de manos’ que no tiene parangón. Poncio Pilato era un ‘niño de pecho’ al lado de las cabezas del Polo. En vísperas de elecciones bien harían los electores en recordar el pasado del Polo. No se trata exclusivamente, como lo señala León Valencia, de la olímpica lavada de manos en relación con el carrusel de la contratación. Es creer, con infantil candidez, que los cínicos van a dejar de ser cínicos.