SEÑOR PRESIDENTE:
Para la inmensa mayoría que respaldamos su gobierno no es un secreto que usted se encuentra en el dilema de que —de renunciar a un nuevo mandato— naufrague su política de seguridad democrática y que corran serio peligro sus logros en el campo económico y social.
Razón tiene usted señor Presidente en estar preocupado, ya que la capacidad destructiva de los enemigos de la democracia es enorme. En reciente artículo, Plinio Apuleyo Mendoza afirma (El Tiempo, mayo 29/09): “Y lo malo es que mucho falta para ganarle la guerra al terrorismo… mientras una guerra se gana en el monte otra se pierde en las conjuras jurídicas o en las oficinas”. Malcolm Deas, el connotado experto inglés, sostiene (El País, marzo 22/09): “Aunque el conflicto colombiano está llegando a su fin, éste no será fácil. La táctica (de las Farc) ahora es el terrorismo”. Su programa económico y social a lo largo de estos siete años —coherente y racional— ha sido el crecimiento económico sin descuidar el aspecto social. Para lograr esta meta usted estaba plenamente consciente de que era indispensable aumentar los niveles de ahorro e inversión. Pero era una quimera pensar que se podrían alcanzar los niveles requeridos de inversión sin haberse previamente recuperado la confianza en el país. A su turno, la confianza sólo se recuperaba una vez se lograra restablecer el estado de derecho; se recuperaran las instituciones; se construyera el capital social y se cimentaran las bases de una estabilidad macroeconómica que conllevara el rescate de la confianza de los inversionistas. El objetivo de crecimiento sin descuidar el aspecto social sólo es alcanzable siempre y cuando exista un alto grado de confianza. La confianza a su vez genera un círculo virtuoso que se retroalimenta ya que a medida que exista más confianza (producto de la mayor seguridad) mayor será el ahorro y la inversión y, por ende, mayor será el crecimiento.
Sus objetivos en el campo social y económico no se limitaron al crecimiento como meta única y final: este crecimiento necesariamente tenía que estar acompañado de mayor equidad para traducirse en la meta de superación de la pobreza. Tener equidad sin crecimiento nos pone a la altura de Cuba, país paupérrimo donde existe un alto grado de equidad, pero donde la mayor parte de sus ciudadanos vive al borde de la indigencia. Por otro lado, crecer sin equidad es tan peligroso como dañino, ya que el objetivo no es enriquecer una pequeña parte de la población, sino permitirle al mayor número de colombianos acceder y disfrutar de los beneficios y de la riqueza asociados a un mayor crecimiento. La pobreza no es una condición absoluta sino relativa: según el DANE, en 2003 el 46,9% de la población se consideraba pobre y el restante 53,1% no. En 2008 sólo el 27,3% se considera pobre, mientras que el restante 72,7% no. El 66% de los encuestados por Napoleón Franco opinan que “Colombia va por buen camino” y sólo un 19% cree que la situación económica empeorará. Los resultados de su gestión son más que evidentes.
Hay una enorme tarea para completar el próximo lustro que es, como lo señala Mendoza en el artículo arriba reseñado, el crear y dirigir una fuerza popular, única en Colombia, capaz de servir de sustento a un sucesor suyo y de asegurar la perdurabilidad de su política. Usted tiene en Juan Manuel Santos un digno sucesor, capaz de enarbolar las banderas de seguridad democrática y de crecimiento económico sostenible. Puede tener usted la certeza, señor presidente, que su ex Ministro de Defensa tiene las condiciones para continuar sin desmayo la ardua tarea que usted inició en el año 2002: entregarnos a los colombianos un país próspero y en paz, libre de los narcoterroristas de las Farc y de los paramilitares.
Atentamente,
Mauricio Botero Caicedo