Al escuchar el nombre de Timochenko como nuevo líder de las Farc, tuve una fugaz ilusión de que se podría tratar de la anterior primera ministra de Ucrania, la hermosa e inteligente Yulia Tymoshenko, rubia de hermosas trenzas que hoy se pudre en las cárceles ucranianas por culpa de un régimen con inocultables tendencias estalinistas.
Rápidamente me percaté de que en realidad se trataba de Rodrigo Londoño, alias Timochenko, célebre narcoterrorista con nacionalidad y domicilio colombo-venezolano. Este criminal, entrenado en contrainteligencia en Rusia y Checoslovaquia cuando ambas hacían parte del Imperio Soviético, y que fusiló a más de 50 guerrilleros de las Farc acusados de indisciplina, cuenta con 117 órdenes de captura por terrorismo, secuestro, rebelión, desaparición forzada y homicidio agravado. La elección de Timochenko fue otro legado de Tirofijo, aquel campesino cuasianalfabeto que durante más de cuatro décadas fungió como líder de las Farc. Tirofijo desde la tumba dejó la secuencia de mando, en la que el finado Raúl Reyes ocupaba el primer lugar, seguido por Alfonso Cano, el Mono Jojoy y Timochenko. Al haber pasado a mejor vida los tres primeros, el turno recayó sobre Londoño. La sucesión en las Farc se parece cada vez más a las ‘Matrioskas’, aquellas tradicionales y simpáticas muñecas rusas, huecas por dentro, que en su interior albergan más muñecas. Cada muñeca sucesiva es más pequeña e insignificante que la anterior, hasta que se llega a una del tamaño de una alverja.
Para el ministro de Defensa, la narcoguerrilla con la muerte de Cano sufrió un golpe que la tiene desmoralizada. Timochenko, aún siendo el más veterano de los dirigentes sobrevivientes del Secretariado de las Farc, es un reemplazo tan cuestionable como mediocre. Como las muñecas de ‘Matrioska’, toda sucesor es inferior al anterior. Timochenko aparenta ser un duro que insiste, con una tozudez rayana en lo ridículo, que continuará la línea “hacia la toma del poder para el pueblo” marcada por sus antecesores. Digo que Timochenko ‘aparenta’ ser un duro, ya que si bien este falso médico está curtido en combates, durante los últimos años se limita, cuando le permite la diabetes, a consolidar los negocios del narcotráfico en territorio del ‘nuevo mejor amigo’. El pretender que este bandido abandone el cálido hospedaje que le ha brindado en sus haciendas del Estado de Barinas Ramón Rodríguez Chacín (aquel pérfido exministro del Interior de Venezuela que públicamente en Telesur anunció su respaldo a las Farc), es una quimera. Lo que no le va a quedar tan fácil a Timochenko es el manejo de la ya fragmentada guerrilla desde Venezuela: los pocos frentes que no están dedicados de lleno al narcotráfico, desarrollan actividades extorsivas sin entregar los recaudos, en el evento probable de una negociación o rendición cercana.
Todo parece indicar que la alegoría de las Farc y las ‘Matrioskas’ tiene sólidos fundamentos. A medida que las Fuerzas Armadas sigan dando de baja a los cabecillas farianos, los sucesores van a ser (como las muñecas) política y militarmente más insignificantes y con menos ascendencia sobre los frentes. El desenvolvimiento más probable para las Farc es la paulatina integración de la mayoría de los frentes con las bacrim, ya que además del apego al narcotráfico, ambas organizaciones comparten el gusto por los actos de terrorismo. Huérfanas de todo principio, y cargando un fardo ideológico obsoleto y sin ningún respaldo popular, la convergencia entre las bandas criminales y las Farc es sólo cuestión de tiempo. Los lazos del narcotráfico, como los vicios compartidos, son bastante más estrechos y sostenibles en el tiempo que cualquier diferencia ideológica.