Pendenciero por naturaleza, pocas cosas emocionan más a Vladimir Putin que armar camorra. Y en la Rusia de hoy, la camorra le produce dividendos personales: el anexo de Crimea y los disturbios independentistas en Ucrania han hecho subir su popularidad por encima del 80 por ciento.
Pero la camorra tiene un precio inmediato, uno a corto plazo y uno a mediano plazo. El inmediato —aparte de la expulsión de Rusia del Grupo de los Ocho y la suspensión del trámite para acceder a la OCDE— es el incremento de fuga de capitales (se estima en US$160.000 millones este año), el desplome de la Bolsa de Valores y la virtual congelación de la inversión extranjera. De mantenerse las tendencias, y teniendo en cuenta que el costo de integrar a Crimea va a superar los US$10.000 millones, la economía rusa en 2014 se va a contraer en un dos por ciento.
A corto plazo, la consecuencia de la camorra es la pérdida, posiblemente irreparable, de la confianza que tuvo Europa occidental en Rusia como suministrador confiable y predecible de hidrocarburos. (Por los gasoductos de Ucrania transita el 15 por ciento del gas que consume el Viejo Continente). Los europeos finalmente se han dado cuenta de que la Rusia de Putin, arbitrariamente, puede cerrar de manera súbita la llave del gas. Pero Putin posiblemente no es consciente de que la Comunidad Europea, dejando a Rusia como un proveedor marginal, ha acelerado la diversificación del suministro de gas de esquisto de EE.UU. y de Canadá para cubrir sus necesidades energéticas.
A mediano plazo, la consecuencia más delicada para Rusia de sus aventuras camorreras es que los grandes países industrializados han intensificado los avances para seguir desplazando los combustibles fósiles no renovables por energías renovables. Lo que las políticas expansionistas de Putin están logrando es acelerar la transición de los hidrocarburos a energías bastante más limpias como la eólica, la solar, y los biocombustibles de tercera generación, de la misma forma que el embargo de petróleo por la OPEP en 1973 impulsó nuevos estándares de conservación.
Para el columnista del New York Times Thomas Friedman, el mundo está cercano a un punto de inflexión en cuanto a las nuevas energías. El costo de los paneles solares se ha reducido en un 80% en los últimos cinco años, turbinas eólicas de 10 MW serán instaladas próximamente en el mar del Norte y los biocombustibles celulósicos ya están en operación. La revolución eléctrica en el transporte —sector que utiliza el 70% de petróleo— paulatinamente ha logrado reducir el costo, el peso, la dimensión y la capacidad de carga de las baterías. Una vez estos objetivos se logren, el vehículo eléctrico se va a imponer.
Rusia no ha podido modificar su estructura de país esencialmente petrolero. El 70 por ciento de las divisas y la mitad de los ingresos del Estado provienen de las exportaciones de hidrocarburos. En esta dependencia la Rusia de Putin es muy parecida a Venezuela, con la inmensa diferencia de que la primera —aparte del arsenal nuclear— tiene un ejército de primera con capacidad de invadir varios países de manera simultánea, mientras que la capacidad de la segunda se limita a contratar “rufianes a sueldo” para aplastar a los disidentes. La Edad de Piedra llegó a su fin, no por falta de piedras, sino por haber adaptado otras tecnologías. Igualmente va a ocurrir con la Edad del Petróleo.