La carestía en Colombia está adquiriendo proporciones alarmantes.
El agudo columnista de El Tiempo Saúl Hernández Bolívar reseñaba en reciente artículo (ago. 27/13): “Nuestra gasolina es cara y también el gas. El kilovatio es carísimo, a pesar de que los aguaceros son gratis. Son caros los fertilizantes. Los medicamentos parecen un paseo millonario. Son caros los intereses de los préstamos y, en general, los servicios bancarios. Es cara la telefonía celular, y eso que ha disminuido ostensiblemente. Son caros los peajes y la logística de carga, tanto que a Sofasa traer un contenedor de Hamburgo a Cartagena le cuesta 981 dólares y de Cartagena a Envigado, 1.600 dólares. Hasta la mano de obra es carísima; floricultores colombianos se marcharon a Kenia, donde el salario mínimo es 72 por ciento más barato que aquí. Y es caro, muy caro, el maldito peso revaluado. También el cemento es caro y caro es el Estado ineficiente que nos cuesta un ojo de la cara mantener. Y podríamos seguir”.
Las razones de la carestía son múltiples y complejas; dentro de ellas la pésima infraestructura que encarece los costos de distribución, y la baja productividad. Comparado con muchos lugares del mundo que ofrecen una “calidad de vida” superior a la de nuestro país, pocas cosas sorprenden más al visitante a Colombia que la carestía. Una bandeja de sushi en un supermercado colombiano, un plato intensivo en mano de obra, cuesta un 70 por ciento más que en un supermercado estadounidense.
En productos como medicinas y anteojos los arcaicos sistemas de distribución aumentan innecesariamente los precios. Uno de los artículos cuyo precio al público es desorbitado son los lentes de contacto. En Colombia los consumidores de estos lentes se ven obligados a pagar entre un 20 y un 30 por ciento más por el mismo producto que pueden perfectamente comprar a través de internet, un canal moderno y eficiente de comercialización que le ahorra al consumidor costos tanto en el producto como en los gastos en desplazamiento para acudir a las ópticas. Las empresas web que ofrecen lentes de contacto son entidades serias que cumplen con una serie de requisitos y garantías, como es el vender bajo “fórmula médica” y tener al día los registros de ley, incluyendo los del Invima.
Pero las ópticas colombianas, en vez de entender que el internet es un canal legítimo y moderno de distribución, se han dedicado directamente, y por medio del gremio que las representa, a hacerle la guerra a esta nueva herramienta. En vez de competir con precio, calidad y servicio (incluyendo la posibilidad de que las mismas ópticas monten ventas por internet) se han dedicado a contactar a los proveedores amenazando que en caso de que les vendan sus productos a firmas en la web, ellos dejarán de utilizarlos, y a tratar de que el Invima prohíba este tipo de competencia.
En Estados Unidos, donde Amazon está en camino a convertirse en el Wal-Mart del internet, el comercio electrónico ha pasado a ser el 20 por ciento del comercio al detal. La venta de lentes de contacto por internet es una actividad creciente en mercados tan diversos como el de Canadá, los Estados Unidos y la Unión Europea. Entonces, que el gobierno colombiano no enfrente la “guerra sucia” que busca eliminar o restringir la competencia es un despropósito.
Apostilla: del paro agrario se desprende una lección: si bien la tierra es importante, lo principal son los insumos y sus aranceles, el crédito, las semillas, los peajes de toda índole, los canales de distribución. El poder producir comida rentablemente es infinitamente más importante que la estéril discusión de las UAF.