Como van las cosas, y por supuesto que pueden cambiar, el presidente Trump se va a enfrentar en noviembre o a Bernie Sanders, quien sobreponiéndose a un infarto acaba de ganar en las primarias de New Hampshire, o a Pete Buttigieg, que ha quedado de segundo. Warren y Biden, pesos pesados en el Partido Demócrata, quedaron rezagados en cuarto y quinto lugar.
Bernie Sanders nació en 1941 en Nueva York, en una familia de inmigrantes judíos llegados desde Polonia. En 1981 fue elegido alcalde de Burlington y en 1990 entró a la Cámara de Representantes hasta 2006, cuando llegó al Senado. Bernie, considerado como un idealista utópico, famoso por un temperamento crispado y un pelo desordenado que en algo se asemeja al de Trump, cautivó inesperadamente a los jóvenes con su discurso en defensa de los trabajadores y, como lo señalaba un reciente artículo, “logró empujar al Partido Demócrata hacia la izquierda impregnando el debate con ideas progresistas”. Consignas como Medicare for all (un seguro de salud garantizado por el Estado) y educación superior gratuita le valieron el apoyo de los jóvenes millennials que ven que el capitalismo no tiene nada bueno para ofrecerles y tienen una buena opinión del socialismo. Para otro grupo de personas maduras, el socialismo que predica Sanders no es el de Cuba ni el “socialismo del siglo XXI” de Maduro, sino una suerte de recuperación de la tradición socialdemócrata del New Deal del presidente Franklin D. Roosevelt.
El otro candidato que puede llegar a ser una pesadilla a medias para Trump es el “alcalde Pete”, un joven carismático, millennial, abiertamente gay y menor de 40 años. Buttigieg tiene un estilo y talante que aspira a parecerse al del expresidente Obama. Con valores profundamente cristianos, el “alcalde Pete” les deja saber constantemente a sus seguidores su condición de veterano del Ejército. Un reciente perfil señalaba: “Buttigieg se presenta como un agente de cambio y de esperanza. No ofrece al electorado centrista una vuelta al pasado, como Joe Biden, a quien ha triplicado en votos, sino un futuro ilusionante, pero alejado de los extremos. Apela a ‘los demócratas hasta la médula’, pero también a ‘los independientes’ y a aquellos a los que les gusta llamar ‘los futuros exrepublicanos’”. Pero no todo es positivo sobre Buttigieg. El analista Bakari Sellers afirma: “El mayor problema de Pete es que no tiene ninguna conexión, ninguna relación con la comunidad afroamericana”.
¿Por qué Sanders como contendor sería para Donald un sueño? Porque el fuerte de Trump, donde puede mostrar resultados tangibles, es en el campo económico. Por el contrario, en cuanto a logros económicos del socialismo, es poco lo que Sanders puede señalar. Trump —que pronto va a empezar a descalificar a Sanders como un “loco” peligroso y “comunista”— día tras día y sin agüero alguno piensa alimentar el miedo atávico al socialismo que alberga una parte posiblemente mayoritaria de la población estadounidense.
Por el contrario, descalificar a Buttigieg (que fue un alto directivo de la consultora McKinsey) por sus posturas económicas va a ser algo más complejo. A favor del “alcalde Pete” juega su edad, principalmente para aquellos millennials que ven a Trump como un dinosaurio, y el que sea gay puede llegar a ser un punto a su favor. A la hora de la verdad, la pesadilla de Trump solo puede ser a medias, dado que muy seguramente los que van a decidir la elección son los votantes negros e hispanos. Y ahí Trump puede tener una ventaja…