El encabezamiento de este artículo se refiere al número de personas que mueren cada año por causa del hambre: 3’100.100. Las muertes producto de los cultivos transgénicos, cero.
Adicionalmente, más de 500.000 personas al año quedan ciegas por falta de vitamina A, y un par de cucharadas diarias de ‘arroz dorado’ (que al tener tres genes adicionales produce vitamina ‘A’) cubriría el 60 por ciento de sus requerimientos.
La transgénesis, como lo ha señalado el profesor Moisés Wasserman, (El Tiempo, junio 14/14) “es un proceso de evolución acelerado y dirigido por el hombre. Sus posibilidades son infinitas. Todas las que da la variedad biológica, combinada con la ilimitada imaginación humana. Mencionaré algunos ejemplos: se transfirió un insecticida natural de una bacteria a soya, maíz y algodón, lo que los hizo resistentes a plagas (y aumentó su productividad hasta en un 500 por ciento); otras plantas se modificaron para hacerlas resistentes a las sequías, a la alta salinidad del suelo y a las heladas, para aprovechar tierras no explotadas; se desarrollan plantas capaces de usar nitrógeno atmosférico para reducir el uso de fertilizantes, y otras con capacidad de limpiar los suelos de contaminación por insecticidas, residuos de explosivos y petróleo”.
Los contradictores de los transgénicos se olvidan de que los humanos estamos modificando especies domésticas por cruce y por selección hace milenios. De no ser así, el maíz que se consume en el mundo seguiría siendo la variedad enana que consumían los aztecas en México. La FAO y la OMS han manifestado su apoyo a los cultivos transgénicos y la Comisión Europea, como lo señala el profesor Wasserman tras examinar 25 años de investigaciones sobre organismos genéticamente modificados, llegó a la conclusión de que no existe evidencia científica que los asocie con mayores riesgos para el medioambiente o para la seguridad de los alimentos. El maíz transgénico fue aprobado en 1996 y ha sido desde entonces consumido por miles de millones de personas sin que se haya reportado algún problema. Un reciente correo de Change.org afirmaba: “Este tipo de alimentos afectan el hígado, incrementan los casos de alergia, reducen la fertilidad en las personas y aumentan la mortalidad infantil, entre muchas otras consecuencias”. Como era de esperarse, el correo de Change.org no aportaba ninguna prueba, ningún estudio para respaldar tan peregrina afirmación.
No solo se espera que la población mundial llegue en 2050 a los 9.000/10.000 millones de habitantes, con fundadas expectativas de vivir 90 años, sino que sus pretensiones proteínicas serán mucho más altas. El semanario The Economist (mayo 10/14) afirma que por cada aumento en la población de 1.000 millones, sólo en arroz se van a necesitar 100 millones de toneladas anuales adicionales. La primera revolución verde logró multiplicar el rendimiento del arroz por hectárea de 1,9 toneladas a 3,4 toneladas. Las nuevas variedades transgénicas muy posiblemente van a doblar esta cifra. El enorme problema que enfrenta la humanidad no sólo es que el área de las nuevas fronteras agrícolas es limitada, sino que muchas de las áreas productivas de hoy están sufriendo de aguda escasez de agua, como es el caso de California, o de peligrosas concentraciones de salinidad como ocurre en África y la India. Las semillas transgénicas tienen el potencial de mejorar la productividad de áreas cultivadas actualmente y de lograr producciones en desiertos y estepas, disminuyendo paralelamente la contaminación de suelos y aguas con menor uso de plaguicidas y fertilizantes. El bloquear los transgénicos puede ser una política suicida.