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La huella de agua

10 de abril de 2010 - 11:00 p. m.

EN UN FUTURO CERCANO UNO DE LOS temas cruciales en las relaciones internacionales va a ser el comercio del agua.

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No se trata, como a primera vista se pudiera pensar, de enormes barcos cisterna transportando agua física de un lugar a otro; ni de gigantescos acueductos transcontinentales. Se trata del comercio internacional de productos agropecuarios para comida, como es el trigo y la carne, en donde se utiliza una enorme cantidad de agua para su producción.

Contrario a lo que mucha gente asume, (incluyendo este columnista hasta hace muy poco), el consumo —la huella— de agua para beber por parte de los humanos es mínimo: un metro cúbico en promedio al año (mil litros). El consumo se dispara cuando se tiene en cuenta las necesidades higiénicas y de cocina, lo que implica, en promedio, un consumo adicional de 50 a 100 metros cúbicos de agua anualmente.

El aplacar la sed, bañarnos y cepillarnos los dientes, y cocinar la comida no es el problema. Agua hay de sobra, aunque no siempre accesible. El problema de fondo es la enorme cantidad de agua que se utiliza para producir los alimentos que necesitamos para vivir: en promedio un ser humano necesita comida —proteína, fibra y energía— cuya producción exige 1.000 metros cúbicos de agua. Como ilustración: se requieren 1.000 metros cúbicos del liquido para producir una tonelada de vegetales; 1.450 metros cúbicos de agua para producir una tonelada de trigo; y 42.500 metros cúbicos de agua para una tonelada de carne vacuna si se tiene en cuenta el agua implícita en la producción del alimento para el levante y ceba del animal. Consumir una hamburguesa es el equivalente a bañarse y cocinar durante seis meses. Este contenido de agua es lo que los técnicos denominan agua implícita o virtual. (En el comercio internacional de agua implícita o virtual, un 80% corresponde a productos agropecuarios, de los cuáles tres cuartas partes son de productos agrícolas y sólo una cuarta parte de productos pecuarios).

Dicho lo anterior, hay algunos temas de fondo: el primero es el de la huella del agua, que en el comercio internacional va a tener, en un futuro no muy distante, implicaciones similares a la huella de carbono. Es decir, pueden llegar a imponerse una serie de restricciones y barreras a todo producto cuya huella de agua (como la de carbono) se aparte de una norma o estándar internacional. El segundo aspecto tiene que ver con la llamada seguridad alimentaria, que muchos confunden con la autosuficiencia alimentaria. El primero implica que un país tiene los mecanismos estratégicos y comerciales para alimentar a su población. El segundo implica que el país produce todos los alimentos que consume. Si bien la autosuficiencia puede proteger a una nación en caso de guerra o de bloqueo, en varios casos puede ser fatal el depender exclusivamente de la agricultura doméstica, como le ocurrió a Irlanda en el siglo XIX con la papa. La seguridad alimentaria, por el contrario, contempla un vigoroso comercio internacional en alimentos, sin descuidar la producción interna de suficiente proteína, fibra y energía, en caso de una suspensión temporal del comercio. La autosuficiencia es una meta poco realista y puede no tener sentido, hídrica y económicamente hablando. La seguridad alimentaria es harina de otro costal.

Las naciones deben cuidadosamente analizar es su balance hídrico, teniendo en cuenta no sólo el consumo de agua física, sino las importaciones y exportaciones de agua implícita o virtual, creando incentivos y desincentivos para evitar su despilfarro. En un mundo cada vez más globalizado, es imperativo que todo individuo, productor, y empresario, evalúe su huella del agua. El no hacerlo podrá tener consecuencias graves e impredecibles.

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