La paz, de llegar a concretarse, (y debo aclarar que —aunque no exento de reservas— soy partidario ella) va a traer algunas recónditas ventajas que no podemos despreciar. Entre ellas están:
— Nos vamos a librar de un sinnúmero de ONG que día y noche nos aturden con fórmulas para la paz. Tampoco tendremos que seguir soportando a sapos, lagartos y ‘lentejos’ que de manera intensa y repetitiva organizan ‘Foros por la Paz’. No vamos a tener necesidad de seguir recibiendo a todo tipo de expertos y sabiondos que vienen a darnos lecciones sobre cómo obtener la paz.
— Vamos a ponerle fin a la entrega indiscriminada de camionetas blindadas —acompañadas de ejércitos de escoltas— a prácticamente todos los funcionarios de la rama ejecutiva; a los magistrados, los fiscales y demás miembros de la rama judicial; y a los senadores, congresistas, asambleístas y concejales. Indistintamente del nivel o rango, todo burócrata arguye estar amenazado y tener inaplazable necesidad de que los contribuyentes paguemos tanto sus vehículos como sus escoltas. La Policía Nacional se puede dedicar a perseguir a los hampones y a cuidar a los ciudadanos, en vez de estar prestando en motocicletas servicio de escolta. Estos policías motorizados sistemáticamente abusan de su condición de escolta y se dedican es a manipular el tráfico, obligando al resto de los motoristas a cederle en los trancones el paso al ‘personaje de marras’. Nos vamos a salvar igualmente de un número importante de ejecutivillos de multinacionales (y una que otra empresa nacional) que siente que su importancia tiene proporción directa con el número y la agresividad de los escoltas que los acompañan.
— No vamos a tener que seguir escuchando a políticos oportunistas y ambiciosos de todo plumaje gritando a viva voz que ellos —y exclusivamente ellos— tienen la ‘llave de la paz’. Tampoco estaremos tentados a elegir a nadie que ambicione llevarse el ‘Nobel de la Paz’; ni a buscar reelegirse de manera indefinida porque sólo ‘él’ puede logra la paz.
— Pondremos fin a infinitos e insufribles editoriales, columnas, peroratas, cátedras y prédicas, cada una más cansona y repetitiva que la otra, exhortando la urgente necesidad de un ‘Acuerdo de Paz’.
— No tendremos que seguir escuchando los insolentes, pretenciosos y fatuos comunicados del narcoterrorismo en La Habana, especialmente del pedante de Pablo Catatumbo, del bobote Andrés París, del visionario Jesús Santrich y de la cursi holandesa Tanja. Tampoco tendremos que sufrir a Timochenko afirmando desde las Sabanas de Barinas, en Venezuela, que ellos no son narcotraficantes, cuando en realidad acaban de firmar un acuerdo reconociendo que de hecho SÍ son narcotraficantes. Los contribuyentes no tendremos que seguir pagando centenares de miles de dólares para que (por cuenta nuestra) una recua de inútiles siga viviendo a cuerpo de rey en La Habana.
— Finalmente, aparte de minimizar a los ‘hackers’ y los tontos que se escandalizan de que a los terroristas los ‘chucen’, dejaremos sin oficio a buena parte de los parásitos y sinvergüenzas que viven de la guerra, especialmente a los traficantes de armas.
Apostilla: La reciente asonada en las campañas de ataques y contraataques le recuerda a uno el caso del caco que al ver a otro alzarse en el jardín con el botín que acababa de botar por la ventana, gritaba: ¡Policía…al ladrón!