En el excelente libro En busca de la nación colombiana, Alberto Valencia Gutiérrez le pregunta al intelectual francés Daniel Pecaut:
“El narcotráfico ha sido uno de los factores fundamentales del conflicto colombiano, tal vez el más determinante. ¿Se le ha dado la importancia debida?”.
“Si hay algo que lamentar”, contesta Pecaut, “es que el rol del narcotráfico en el contexto que presidió la expansión del conflicto armado y en la crisis de las instituciones, no sea más resaltado…El tema es tocado cuando se trata de los paramilitares, pero lo ha sido de manera más modesta en el caso de las guerrillas. Es probable que una de las razones sea el temor de atenuar el carácter político y social del conflicto”.
Engañar, aunque sea de manera disimulada, es deshonesto. Engañarse a sí mismo es una imbecilidad. ¿Y por qué no se habrá resaltado el rol del narcotráfico en el conflicto y muy concretamente el rol de las Farc? ¿Será, como sostiene Pecaut, que una de las razones sea el temor de atenuar el carácter político y social del conflicto? ¿A quién se trata de proteger? ¿Es tapar, esconder y negar verdades evidentes el precio que hay que pagar por la paz? ¿Será que se ha estado urdiendo desde hace un buen tiempo una “conspiración de silencio” con la complicidad tácita del Gobierno?
Iván Márquez, posiblemente el verdadero jefe de las Farc, hace unos meses afirmó que el papel de las Farc se limitaba a la “impuestación”. ¡Basura! Un estudio económico contratado por el Programa de la ONU para la fiscalización internacional de las drogas, Undcp, llegó a la conclusión que sin ser la droga la locomotora de la economía colombiana, el narcotráfico sí es el motor del conflicto armado y de la violencia cotidiana en el país. El sostener que ni el narcotráfico es tan importante para las Farc, ni las Farc son tan importantes para el narcotráfico es de una tontería pasmosa. Las Farc sí eran (¿y son?) el mayor cartel de la droga en Colombia; así lo advirtió un informe elaborado por las autoridades y entregado a la delegación del Gobierno que abordó el tema del narcotráfico en La Habana, en el que se establece la vinculación directa y control de esta guerrilla sobre todas las fases de la cadena del narcotráfico. De acuerdo con esta investigación, conocida en su día por el diario El Espectador, “en ese momento las Farc eran (¿y son?) la organización que concentraba (¿o concentra?) la mayor participación y control de este negocio ilícito, debido a la ubicación de 73 estructuras (60 % de las 122) —ubicadas en 18 departamentos y 98 municipios— en áreas de cultivo, producción y actividades de tráfico internacional de estupefacientes”.
¿Pero por qué el Gobierno hizo caso omiso de una información fidedigna preparada por sus propios organismos de inteligencia? En la mesa de diálogos en La Habana las Farc insistían en que “eran un grupo rebelde” y que no admitirán que se les tratara como narcotraficantes. El Gobierno, acoquinado, se negó a aceptar las pruebas irrefutables que la participación en el negocio de las drogas era establecida directamente por los integrantes del Secretariado y no, como argumentaban los negociadores de las Farc, actividades desarticuladas que emprenden algunos frentes. Todo lo contrario, “eran los miembros del Secretariado los responsables de orientar el manejo del negocio ilegal, las finanzas provenientes de éste y la estrategia de su manejo a nivel de bloques y frentes. En otras palabras, desde La Habana se empezó a urdir la ‘conspiración de silencio’ ”.
Todo eventualmente llega a su fin. Las recientes revelaciones que sobre el dominio casi absoluto de las mal llamadas “disidencias” en asocio con los carteles mexicanos y brasileros, al igual que el nuevo hallazgo de parte de la fortuna de las Farc, hacen imprescindible que se le rompa el espinazo a la “conspiración de silencio”.