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Club de armas

09 de septiembre de 2015 - 03:41 p. m.

Aunque la tarjeta timbrada y el sitio donde va a llevarse a cabo el ágape me causan poco entusiasmo, me puede la curiosidad.

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Se trata de un festival literario organizado por una entidad académica que ha traído algunos escritores de fuera y los invita a un almuerzo.

Tan pronto entro al salón, recuerdo que solo los hombres pueden hacerse socios de esta exclusiva congregación. Vitrinas llenas de armas decoran el espacio recargado en su anacrónica estética de pretensiones aristocráticas. Me pregunto por qué los organizadores no prefirieron un lugar más autóctono, sobre todo si, como lo están haciendo, iban a repartir empanadas. Entonces me asomo hacia una pequeña salita y veo una serie de personajes, todos hombres, rayando los 80 años, batiendo sus whiskies con hielo. Busco con cierta angustia una cara conocida. Estoy a punto de darme la vuelta y salir cuando veo a una colega. Corro hacia ella como el náufrago a tierra. Cuando nos pasan a las mesas, aparece otra colega. Miro alrededor. Debemos ser unas 50 personas, las mujeres no llegamos a diez.

Cuando me han invitado a una feria o a un festival, me he hecho la pregunta de si seré una cuota de género. “A los hombres nos queda más complicado”, me dijo un amigo, sugiriendo que por ser mujeres la tenemos más fácil, pues siempre tenemos “la cuota”.

Y es que si las mujeres seguimos siendo criaturas exóticas en un plano como el literario, ni hablar de las ciencias duras o la política. El hombre que está a mi lado está embelesado con una de mis colegas. Le cuenta que la agregó a su “Top de las escritoras colombianas más bonitas” en un artículo de una revista. Saca el teléfono para mostrárselo, orgulloso.

Clavo los ojos en el ciervo disecado que nos mira con los ojos brillantes desde la pared de enfrente y me pregunto qué pasaría si, como hace de forma directa el escritor a mi izquierda, yo le dijera al autor catalán que me parece ridículamente atractivo. Recuerdo que no somos iguales y vuelvo a pensar que quizá soy una cuota en esta mesa. Esta vez siento que el ciervo me mira con ojos inquisidores.

Hace tiempo me invitaron a escribir un cuento erótico (para la misma revista arriba mencionada) y a “ilustrarlo” con mi propio cuerpo desnudo. Decliné la invitación y me pregunté si a algún autor colombiano (distinto a Efraim Medina) le ofrecerían ese encargo con el mismo desparpajo con que me lo ofrecieron a mí: “Queremos que escribas un cuento erótico y lo ilustres desnudo, con tu propio cuerpo”. Me pregunto si después le dirían, sin un temblor en la voz: “No te preocupes, van a ser fotos artísticas, te vas a ver divino, supersexy, las fotos te van a quedar a ti, para que un día se las muestres a tus nietos”.

Los hombres hablan con los hombres, las mujeres hablamos entre nosotras. De repente me vuelvo terriblemente autoconsciente, me esfuerzo por sonreír, por agradar, comprendo que el espacio está actuando sobre mí como un sortilegio. Cansada, con ganas de quitarme el género como quien se quita unos tacones altos después de una larga fiesta, me despido de mis colegas con la triste decepción de entender que el famoso Gun Club es exactamente como lo había imaginado.

@melbaes

 

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