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Contra natura

20 de abril de 2016 - 03:35 p. m.

Empiezo por decir que celebro el matrimonio igualitario.

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Sin duda creo que todos tenemos los mismos derechos y que si el deseo de un homosexual es tener una familia, es apenas justo que pueda hacerlo. Entiendo que se trata de ser ciudadanos en las mismas condiciones y que eso es un avance legal, así como un paso hacia una sociedad más justa.

Y, sin embargo, no deja de sorprenderme que los homosexuales quieran casarse.

Me refiero a que si uno está reivindicando la diversidad, también dentro de esa diversidad el matrimonio es una opción, tal como debería seguir siendo una opción el amor libre, transgresor o marginal.

Así como es una conquista de derechos, para otros el matrimonio igualitario es el sometimiento ante una hegemonía histórica de las leyes y normas que han regido a una sociedad conservadora y heterosexual. Monogamia, familia, patrimonio, hacen “ciudadanos de bien”.

El matrimonio, como institución, es la validación ante el Estado de la existencia de una relación psicológica, afectiva y patrimonial. La paradoja es: ¿Cómo defender la diferencia mientras se busca esa validación? ¿No es un poco contradictorio?

El escritor homosexual Álvaro Pombo (1939), en su libro Contra natura, manifiesta un malestar hacia la hegemonía de la monogamia, el matrimonio y la familia como el anhelo de toda relación de pareja, antes heterosexual y ahora también homosexual. Para un hombre que se formó con las películas de Pasolini y la cultura queer en los 60 y 70, para quien la homosexualidad era un secreto, una marca que se hacía evidente a ciertas horas y en callejones oscuros, la marca del movimiento underground sellada con la prohibición, se contradicen con lo que él llama el exhibicionismo ruidoso de una homosexualidad estrafalaria, y al tiempo reinvidicativa y moralista en la que enmarca a prototipos como el de Ricky Martin.

El malestar con esta tendencia contemporánea hacia lo que denomina “la mariconería”, lo ha llevado a afirmar: “Soy un homosexual homofóbico”.

Hace años tuve la oportunidad de conocer a este intelectual rebelde y lúcido. Con una amiga, le hicimos una entrevista en Barcelona, y terminamos tomándonos unas cervezas mientras caminábamos por el Eixample de bar en bar. Era un viejo de barba, botas vaqueras, voz y actitud de macho, que se declaraba católico, homosexual y comunista, con un discurso poderoso y rompedor. La prohibición, nos dice, ha permitido una producción artística, una mirada sobre la sociedad, una contra cultura que cuestiona las convenciones, pues es la mirada de quien no se siente integrado, no tanto por sentirse rechazado por la sociedad, como por su rechazo a ella.

Desde un elogio a la complejidad, a la marginalidad y a la sombra, Pombo busca reivindicar la transgresión, la dificultad de amar, el trasegar erótico, también como una postura filosófica y existencial. Para él, la prohibición dio paso a un festejo colorido, estridente y exhibicionista, de la sexualidad, pero también a una imitación, un remedo de las conductas conservadoras aceptadas: “Tal vez ya sea hora de volvernos al armario”, dice con ironía quien rechaza un comportamiento que considera subordinado y sumiso, indigno de quienes algún día alzaron la bandera de la rebeldía.

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