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La puñalada trapera

27 de julio de 2016 - 02:56 p. m.

Decía Juan Esteban Constaín en una columna reciente, que a los ídolos tarde o temprano terminamos por destruirlos: “¿Nairo? Ya no, ni ataca.

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¿James? Quedó como Lady Tabares”. Ya ni recuerdo cuántas veces he oído que García Márquez fue un ingrato con su país, que Carlos Vives no tiene voz, que al país lo controla la primera dama, no el presidente Santos.

El chisme, la mediocridad del chisme, su omnipresencia, su mezquindad, está presente en todas las orbitas de nuestro estrechísimo mundo, la motivación destructora, descalificadora y anuladora como fin parece ser el código oficial para cometer linchamientos, mofas, juicios y matoneo a quienes sobresalen en el campo y por los motivos que sean.

Si un político gana, es normal que la contraparte le acusa de “corrupto”, “ladrón”, “paramilitar”, “guerrillero”, “oligarca” o “derechista”. Si no queda la reina que escogimos, seguro es por “razones políticas,” no porque quizás hubiera otra más bonita. Si un escritor gana un premio dirán que es porque abusó del “tráfico de influencias”, no porque tenga talento. Si perdemos un partido de fútbol, suele ser porque “el árbitro estaba comprado”. Y así somos y así nos va. La incapacidad de perder, la negación absoluta de que pueda haber personas, equipos, proyectos, estrategias lúcidas, talentosas, bellas, innovadoras, nos convierten en caníbales despiadados más que en “sanos competidores”.

¿Cómo explicar tanta mala sangre? ¿Tanta envidia? ¿Tanta mezquindad? ¿Es hambre de poder? ¿Acumulación de frustraciones? ¿Odio? ¿Ruindad? ¿Canibalismo social? ¿Aprendemos a ser así de niños, se adquiere por lazo de consanguinidad, como la leche materna, o es simplemente un mecanismo de supervivencia en un entorno enfermo y despiadado? ¿En qué momento y cómo le ponemos fin a tanta vileza? ¿Es la cizaña una consecuencia de este ambiente enrarecido de gente que sonríe y halaga de frente, pero escupe, insulta y denigra de espaldas? “Me diste la puñalada trapera, enano tránsfuga”, le dijo un caleño a otro en una pelea de la adolescencia. Por alguna razón no lo voy a olvidar. Al parecer el uno, siendo amigo del otro, le quitó a la novia. La visitaba a escondidas, salían cuando el novio no estaba, le preguntaba a él por ella y así fue recopilando información que le fue valiosa a la hora de conquistarla y quitársela a su amigo de infancia. Competidores sin escrúpulos. Caníbales. Ególatras.

El martes pasado fue el sepelio de Juan Mario Laserna, un hombre a quien vi en un par de ocasiones y de quien me sorprendió su ingenio, su autenticidad. Quizá por eso y también porque en estos días he leído notas sobre cuánto hizo, cuánto estudió, cuánto quiso darle a este país, aunque más de una vez haya fracasado en el intento, me duele que haya quienes lo descalifican por sus apellidos, su origen, o su partido.

La tradición de la mezquindad, la vileza y la envidia quizás algún día puedan ir siendo sustituidas por la sinceridad, el rigor, el pensamiento crítico y la solidaridad. Tristemente, en campos como el deporte, la cultura y, sobre todo, la política, es una rareza casi inexistente encontrar algún ejemplo del que aferrarse para creer que algún día seremos diferentes.

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