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Ser lo que somos

18 de mayo de 2016 - 03:10 p. m.

Hacía días no me subía en un taxi, por eso me tomó por sorpresa la velocidad con que el conductor se lanzó a explicarme cómo entre algunos de su gremio resolvieron el problema de los paseos millonarios: “a quienes participaban los llevábamos al cerro, los golpeábamos, les rompíamos los dedos a crucetazos…”.

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No siguió ilustrándome sobre estos procedimientos porque se le atravesó una camioneta, se pegó al pito, abrió la ventanilla, le gritó un par de insultos, hizo el ademán de abrir la puerta y súbitamente recuperó el interés en su monólogo: “¿Qué le iba diciendo?”, me preguntó mirándome por el espejo retrovisor al tiempo que volvía a poner el carro en marcha. Aunque no contesté, él siguió con su historia sobre lo que consideraba una lucha épica contra el crimen.

Afuera los desplazados con sus cartulinas donde registran nombres de pueblos fantasmas, los saltimbanquis, los mensajeros, los pedigüeños, las mujeres indígenas con sus bebés atados al cuerpo, las motos de los domicilios, las camionetas blindadas, las señoras en Audi o en Twingo, los señores de corbata, con chofer, sin chofer, los hipsters con bicicletas de dos millones de pesos, todos parecíamos interpretar, también el taxista y yo, una especie de puesta en escena de país fallido, de ciudad fallida, de todo fallido, cuando en la radio empieza a hablar Uribe de “resistencia civil”, término acuñado por Ghandi para enfrentar el colonialismo, y en este caso acuñado por un expresidente para convocar a la ciudadanía a resistirse a la paz.

En la emisora pasan a hablar de un hombre que fue asesinado a balazos por negarse a dar limosna, hablan de Rosa Elvira Cely, la mujer a quien se responsabiliza de su propia violación, empalamiento y asesinato, hablan de un anciano que fue hallado asesinado en una quebrada de una vereda en Atlántico, hablan de un conductor de bus acuchillado. Entonces le pido al conductor que sintonice otra cosa, y en esta otra hablan del discurso de César Gaviria contra Uribe, contra el procurador, contra Vargas Lleras, contra el presidente Santos. De la “guerra” (usan ese término) en Palacio por la terna a la Fiscalía, de los odios (dicen odios) hacia Néstor Humberto Martínez. Quiero que apague el radio, pero ya me da pena seguir molestando. Voy llegando a mi oficina donde no hay puertas ni computadores porque la semana pasada se metieron los ladrones, amordazaron a la casera y a su hija, les robaron los ahorros de toda su vida y casi todas sus pertenencias (una plancha, tres chaquetas, un bolso, dos celulares).

La noción de ser un país irremediablemente violento está presente en cada gesto, desde el más privado y doméstico, hasta el más político. Ser quienes somos nos impide dar un paso hacia la paz.

Deberíamos resistirnos, entonces, a seguir siendo quienes somos. Resistir la tentación de la continuidad, del fracaso de una nación decretado por la historia, del conflicto más largo del mundo, de la agresividad por naturaleza.

Por difícil que resulte, necesitamos imaginar la paz, tantearla, ir abriendo un espacio individual y colectivo desde donde poco a poco construyamos un referente de algo tan ajeno y esquivo que, hasta ahora, nos resulta inconcebible.

 

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