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Del Uribito al Uribato

09 de mayo de 2009 - 02:28 a. m.

ÁLVARO URIBE VÉLEZ ESTUVO LA semana pasada menos de 36 horas en Madrid y tuvo tiempo de entrevistarse con reyes, príncipes, jefe de Gobierno, parlamentarios, empresarios, pronunciar dos conferencias, asistir a varios almuerzos y cenas, cumplimentar y ser cumplimentado, y todo como en campaña electoral, sólo que aquí no era necesario, no ya porque el número de los asistentes a los actos con derecho a voto en Colombia éramos muy pocos, sino porque tiene a España metida en el bolsillo. Una gran parte de la opinión pública española se sentiría sumamente cómoda con que el Presidente desempeñara un tercer mandato.

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En el almuerzo estaba todo el Madrid económico; récord histórico, 600 comensales, y la necesidad de abrir varios salones más porque en el principesco recinto en el que el Presidente hizo uso de la palabra ‘sólo’ cabía un tercio de los que querían escucharlo; y eso que coincidía con la visita oficial del presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, y la gran atracción que lo acompaña en todos sus viajes, Carla Bruni. En el desayuno con un plantel de grandes ejecutivos, el presidente de todas las cámaras, Gómez Navarro, hizo votos porque Uribe dejara de una vez de deshojar la margarita y le diera al comercio exterior y la inversión una alegría.

 El Jefe del Estado colombiano, siempre tan serio, casi de juguete al lado del Rey de las Españas y aún más junto a Felipe, el príncipe heredero, puso el piloto automático y dio sendos recitales dignos de la más urgente campaña electoral ante un público entregado. Lo sabe todo sobre su país, musitaban comensales e invitados a la imposición de una medalla alusiva a las Cortes de Cádiz; sin papeles, bien es verdad que declamando una oración que tiene más que ensayada, parecía que conociera cada vereda, cada municipio, a cada uno de los 1.022 alcaldes de Colombia, y hasta lo que le pidió en un Consejo Comunal uno al que se le había muerto la borrica. Como en las cortes medievales. Es indiscutible que le cabe Colombia en la cabeza, y que es lo más parecido a un atlas humano.

Pero, ¿por qué gusta tanto a los españoles? No es tan diferente su caso al de Fidel Castro, el dictador cubano de la más dura izquierda, por el que la simpatía del ciudadano medio español se expresa con la mayor naturalidad sin necesidad de salsa ni ron para aderezarla. Sin racionalizarlo, sin echar la cuenta del debe y el haber, los españoles dividen a los prohombres —y mujeres— latinoamericanos en dos vastas categorías: los que ‘son’ españoles, y los que no. Y Uribe —como Ernesto Samper, López Michelsen, Belisario, Andrés Pastrana y tantos otros de Santander a esta parte— pertenecen a la más depurada línea nacional hispánica. Fujimori, y no porque esté preso, recogería pocos votos en España. Y yo siempre he pensado que aunque Uribe es apellido vasco, lo que mejor le cuadra es ser de Zamora, capital de provincias, ciudad leonesa, que es como decir castellana, de murallas medievales, buen vino, aquella de la que el dicho recuerda “no se tomó Zamora en una hora”, expresión que los bogotanos de mayor edad y sabiduría, como la mamá de María Teresa Ronderos, una gran dama, conocen y aún emplean. Colombia tiene, junto con España, el siempre complejo honor de haber sido gobernada en toda su historia sólo por españoles, bien que de la excelente cepa colombiana.

Pero este Presidente que ha hecho que el mundo hablara de Colombia ya de otra manera; al que las encuestas, sin que importen los falsos positivos, ni cuántos parlamentarios estén en investigación o directamente en La Modelo, le otorgan siempre cifras arrasadoras, no le está haciendo últimamente al país un gran favor. Explicaciones las hay, sin duda, para que no haya anunciado todavía si se presenta a los comicios de 2010, con lo que Colombia está en un sin vivir, que no le permite pensar en otra cosa. Juan Manuel Santos, el lugarteniente de la política de seguridad democrática, va diciendo en privado que Uribe le ha dado garantías de que no se presenta, pero que no quiere hacerlo público para no ‘cojear’ como el pato, que dicen los norteamericanos en que se convierten los presidentes cuando sólo les quedan unos meses de mandato y no pueden ser reelegidos.

Los signos a favor y en contra de que Uribe opte de nuevo han flotado estos meses con tan diabólica precisión que no sabe uno a qué carta quedarse. La elección de Obama fue un punto contra la reelección, porque el Partido Demócrata tendrá la bolsa más apretada que el Republicano; pero la reelección de Correa en Ecuador y la ‘barra libre’ que el referendo venezolano le dio al presidente Chávez juegan a favor: si ellos, con todo el apego que se asegura en Bogotá que les tienen a las Farc, pueden reelegirse, ¿por qué yo no?, podría decir el líder colombiano. La crisis económica vota también a favor del ‘cirujano de hierro’, que supo hacer retroceder tanto al bandidaje guerrillero como atraer la inversión que propiciaba la nueva seguridad ciudadana; pero el pánico de que un tercer mandato asista al fin de su inmunidad ante el cataclismo, opera en sentido contrario. Y así, la lista de los pro y los contra podría alargarse hasta Barichara.

Consultadas, en definitiva, las mentes más claras y próximas a la Presidencia una lógica se impone. El Presidente aún no ha decidido si va o no a presentarse, aunque como subraya el profesor Gabriel Murillo, debe darse prisa y tampoco está claro lo que pueda opinar la Corte Constitucional para dar vía libre al procedimiento. Existe un plan A, y como es preceptivo en estos casos, un plan B, y hasta un plan C. Según el primero, Uribe esperaría a ver cómo se decanta el paquete de candidaturas entre los suyos y haría más falta un Uribato que un Uribito para que el Presidente considerara que su legado estaba en buenas manos. Dentro del uribismo, el ministro de Defensa es, seguramente, lo más presentable. ¿Pero qué posibilidades tendría contra el Polo, en el inverosímil caso de que la izquierda presentara un solo candidato? Si el proto-sucesor que se perfile no diera la talla, el plan B, en cambio, consistiría en que el Presidente apadrinara a alguien para que la opinión supiera que se le estaba pidiendo una transferencia de votos de Uribe a su delfín. Muchos opinan que Sergio Fajardo sería un gran candidato —y yo que Rafael Pardo—, pero se le ve como demasiado independiente para que el gran paisa lo haga suyo. Y, de esta forma, el Presidente puede concluir que para uribista, él es el más convincente de todos, aunque tuviera que desobedecer con ello de nuevo a Lina María. Así, el plan C se llamaría Álvaro Uribe Vélez por un tercer mandato.

Pero si de la opinión española se tratara, no habría nada que discutir. Al plan C, de cabeza.

* Columnista de El País de España.

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