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El Ramadán sirio

16 de agosto de 2011 - 06:00 p. m.

El descontento por la corrupción y la represión del régimen de Bashar al Assad podría generar una masa crítica en contra de su gobierno.

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La ‘primavera árabe’ que estalló con éxito aparente en Túnez y Egipto; que en Libia y Yemen parece sumirse en tablas incesantes; en ningún otro país árabe puede llevar a mayor derramamiento de sangre que en Siria. La protesta popular contra el régimen de Bashar al Assad, que se desató en marzo, se ha recrudecido esta semana con un saldo que ya ronda los 2.000 muertos. El Ramadán, o mes de ayuno musulmán que comenzó hace dos semanas, en el que se produce siempre una gran concentración de fieles en las mezquitas, en este caso, lo mismo que miembros de la protesta, puede decidir el futuro del país. El presidente sirio explicaba el 31 de enero en una entrevista al Wall Street Journal por qué la conmoción pasaría de largo por Damasco. Su país, dijo, estaba inmunizado. Y a sus razones, que podían resumirse en lo satisfechos que estaban los sirios con su gobernación, podríamos añadir otras entonces indiscutibles. 1. La política exterior del régimen recibía el apoyo no sólo de la población, sino de la opinión general árabe, porque era la única que se oponía a la ocupación israelí y defendía la causa palestina. Esa política entrañaba la alimentación del movimiento de resistencia —y terrorista— Hamás en Palestina, Hizbullá en Líbano y una alianza con la teocracia de Teherán. 2. El propio presidente había iniciado su mandato en 2000, a la muerte de su padre Hafez al Assad, con unas ínfulas modernizantes que se habían traducido en una desregulación de la economía y una utilización creciente de medios electrónicos en un simulacro de puesta al día tecnológica, lavándole, así, la cara a la dictadura. 3. Diversas minorías, desde los alauíes —escisión del chiismo—, quienes con apenas un 12% de los 23 millones de sirios, gobiernan férreamente el país de la mano de la familia Assad; hasta al menos un 15% de cristianos, pasando por un 10% de kurdos y unos cientos de miles de drusos —secta que el Islam considera herética—, entendían que sólo un régimen relativamente laico como el damasceno garantizaba vida y hacienda contra un asalto al poder del islamismo radical. 4. Una neoburguesía, que es suní como el 70% del país y anima el grueso de la protesta, debe su fortuna a los favores del poder. Contra todo ello se ha conjugado una serie de factores que nutren la revuelta. Inicialmente, más que un movimiento nacional cooordinado lo que se desencadenó, antes en provincias como Banyas o Deráa que en la capital, fue una reacción en cadena de protestas locales contra la carestía y el mal gobierno, a las que acabó por cohesionar la represión gubernamental, aunque alguna voluntad de reforma seguramente habría bastado para calmar a la opinión. El medio material fue internet, que permitió a la protesta estar al corriente de todo lo que ocurría en el país, aunque la información oficial lo silenciara. Y cuando en junio se empezaron a oír chistes con nombre y apellido, se estaba franqueando un punto de no retorno. En lugar de nombrar al presidente, Assad, se decía Minshar —brutalidad— o Fassad —corrupción—. Los sucesos de Túnez y Egipto estimularon la protesta, pero advertencias no faltaron. A fin de 2010, en las redes sociales se podía leer que “la situación estaba a punto de explotar”. Pero aún era sólo una revuelta del pan, como tantas ha conocido desde la Edad Media el Mediterráneo meridional, y ahí se hacía fuerte el islamismo de los Hermanos Musulmanes —suníes— con su red ilegal de dispensarios, auxilio social y consuelo político-religioso. ¿Con qué cuenta Assad para resistir? En el ejército regular sirio, mal pagado y peor armado, y pese a la preponderancia de oficialidad alauí, el descontento hormiguea y ya ha habido unidades que han desertado. La defensa de la familia Assad recae, por tanto, sobre la Guardia Republicana que controla un hermano del presidente, y cuya oficialidad sabe que lo pasaría muy mal si triunfara el levantamiento; así como en la policía secreta, los Mukhabarat, cuadrillas de matones que también viven de que se mantenga la dinastía. En junio, el presidente convocó a un diálogo nacional para discutir reformas como una ley de partidos, derecho de huelga, y la celebración de unas elecciones que para tener sentido deberían ser libres, pero que fueran libres no tendría ningún sentido, porque sería como si la dictadura se entregara atada de pies y manos a la oposición. Se celebró esa jornada en un hotel de Damasco con la presencia de unas 150 personalidades e intelectuales, con el fruto aparente del anuncio esta semana de una próxima autorización para la formación de partidos políticos, pero esa presunta apertura convive con la represión más sangrienta que ha causado centenares de muertos sólo en los últimos días en la ciudad de Hama, plaza fuerte de la Hermandad Musulmana, que se sublevó en 1982 y el Ejército reconquistó casa por casa haciendo una gigantesca carnicería. El parecer más extendido en medios occidentales es que Bashar al Assad ha hecho demasiado poco y demasiado tarde. Por eso, en especial durante este mes del Ramadán en el que el régimen teme que se forme una masa crítica de protesta que sea inmanejable, quiere anegar la revuelta antes de crezca demasiado. El verano sirio promete raudales de sangre y tormentas de fuego.

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