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La hecatombe del socialismo

10 de diciembre de 2011 - 08:00 p. m.

Longevidad excesiva en el poder o graves errores cometidos serían algunas de las causas por la que los socialistas obtuvieron el peor resultado desde el restablecimiento de la democracia en 1977.

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¿Por qué es más exacto hablar de hecatombe socialista que de espléndida victoria de la derecha española? Porque, aunque desempeñar dos mandatos seguidos ya es más que suficiente para cualquier presidente de Gobierno y José Luis Rodríguez Zapatero tenía muy difícil un tercero, es igualmente cierto que en España son los socialistas quienes pierden las elecciones por longevidad excesiva en el poder, o por graves errores cometidos. Esto es así, porque la izquierda está mayoritariamente unificada tras las históricas siglas del PSOE, mientras que la derecha aparece fuertemente escindida entre el sentimiento nacional español y el de las llamadas nacionalidades, fundamentalmente Cataluña y el País Vasco, que, históricamente, han preferido aliarse con el socialismo a hacerlo con sus congéneres ideológicos, pero nacionalistas españoles. Por ello, la derrota de los socialistas –han obtenido el peor resultado desde el restablecimiento de la democracia en 1977, 110 escaños contra 118 en esa primera ocasión, frente a 186, también récord pero en sentido opuesto, del PP– es una hecatombe, tras de la que cabe esperar que desaparezca la última y paupérrima versión del Partido Socialista Obrero Español. ¿Qué ha podido ocurrir para que así sea?

Zapatero no ha tenido precisamente suerte. El tsunami económico-financiero que se ha abatido sobre Europa es de tal magnitud que resultaba casi irrelevante lo que inicialmente hiciera para contenerlo, y aunque las medidas de saneamiento neo-liberal que acabó por tomar llegaron tarde y mal, si en su lugar hubiera gobernado el PP hoy la situación sería prácticamente la misma. Pero si en el aspecto puramente económico había escaso margen entre acierto y error, en la gestión de la crisis, y sobre todo en su aspecto mediático, los Gobiernos socialistas han ahondado en la catástrofe, haciéndola parecer aún más grave de lo que era, y como vivimos en una época en la que la apariencia genera o destruye confianza, el PSOE está hoy en necesidad no ya de lamerse prudentemente las heridas, sino de una refundación.

Durante más de un año, el presidente se obstinó, con un optimismo que despreciativamente la derecha ha calificado de ‘antropológico’, en negar que hubiera crisis. En 2007, Zapatero anunciaba que España había alcanzado en renta per capita a Italia, y que el próximo en caer era Alemania; y apenas meses después las cifras macroeconómicas le desmentían truculentamente. Una vez tras otra, en 2008 y 2009, se empeñaba en ver ‘brotes verdes’ en una economía que apilaba millones de desempleados, dos, tres, cuatro y hoy casi cinco millones de españoles (e inmigrantes) sin trabajo. Tras varios intentos fracasados de encontrar un sucesor a Felipe González entre los ‘barones’ de la línea ‘felipista’, Zapatero emergió procedente de la semipenumbra del partido. Y a caballo de la indignación de la inmensa mayoría de los españoles por la intervención militar en la guerra de Irak (2003) -ingeniosidad que se le había ocurrido al líder del PP, José María Aznar- ganaba unas elecciones con mayoría más que suficiente, aunque sin equipo. Eso le obligaba a inventar el ‘zapaterismo’ dentro del partido para poder utilizarlo como correa de transmisión de su política a la sociedad. ¿Pero qué política? Un amasijo de ideas, sin duda bien intencionadas pero escasamente profesionales. Tenía una visión de cuento de hadas de la deficiente cohesión nacional española. Repetidas veces actuó con respecto a Cataluña, y en menor medida el País Vasco, como si el independentismo que no cesa de crecer en ambas nacionalidades, fuera un enfado solo pasajero causado por la incomprensión o la mala voluntad de Madrid. Y, aunque esa incomprensión de la España oficial existe, el fondo de la cuestión es mucho más grave. Los partidos nacionalistas periféricos, Convergència en Cataluña, el PNV, y recientemente el partido de ETA, hoy llamado Bildu, en el País Vasco, siempre han sido partidarios más o menos públicamente de la independencia. Como dijo Ortega en los años 30, a lo más a que pueden aspirar los españoles es a conllevarse.Y, de otro lado, el izquierdismo moral y puritano del presidente del Gobierno, que no encontraba salida –como ocurre igualmente en el resto de Europa- en el único terreno que le es verdaderamente propio, la economía, se explayaba con sucedáneos como la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo; la ampliación de los supuestos del aborto; y la ley de la Memoria Histórica, que reabre la caja de Pandora de las atrocidades cometidas-por ambos bandos- en la guerra civil (1936-39). Propósitos todos ellos muy loables, pero que ocupan un modesto lugar en la escala de prioridades de los españoles.

En política exterior, hubo escasa familiaridad y menos conocimiento en las relaciones con Europa; problemas con Estados Unidos por la, sin embargo, más que justificada retirada de las tropas españolas de Irak; indiferencia universal ante la bienintencionada propuesta de Alianza de Civilizaciones, de la que únicamente se hicieron eco Turquía y Pakistán; y encomiable aunque nada espectacular prudencia en América Latina, donde lo que se le pide a España es que no tome iniciativas por su cuenta. La derecha ha acusado repetidamente a Zapatero y a su ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, de haber sido débiles ante Chávez y cómplices de la dictadura cubana. Pero nada es más falso. Con Chávez el enfriamiento fue casi inmediato, y no lo mejoró el exabrupto de Juan Carlos mandando que se callara al presidente venezolano en la cumbre iberoamericana de Santiago, y la ‘comprensión’ hacia Cuba ha dado más frutos –la libertad de docenas de disidentes– que lo que pueda procurar la mano dura que anuncia el próximo jefe de Gobierno, el líder del PP, Mariano Rajoy.

Pero la hecatombe socialista ha servido para dar nuevas y fehacientes pruebas de la miseria profunda que anima la política española. La derecha ha sido incapaz de reconocerle al líder socialista su único pero gran éxito: el anuncio de ETA de que abandona definitivamente las armas. Contrariamente, los paladines del odio argumentaban que si la organización no entregaba las armas y se auto-disolvía, no había conseguido nada. A efectos electorales, la declaración de los terroristas es cierto que estaba más que descontada, primero porque se venía pre-anunciando desde hacía meses, pero sobre todo porque ETA no había m atado en los últimos años, con lo que el hecho de que siguiera existiendo o no importaba relativamente poco al ciudadano medio.

José Luis Rodríguez Zapatero ha deseado a Mariano Rajoy, suerte, y en privado decía que lo iba pasar muy mal. Habría que desear por puro patriotismo que el PSOE le trate mejor que la derecha a los socialistas.

*Columnista de ‘El País’ de España

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