ENTRE LA PRODUCCIÓN TERMInológica del movimiento bolivariano destaca una palabra-objetivo: refundación.
El primero en emplearla fue el presidente boliviano, Evo Morales; pero su compañero de ‘scuderia’, Rafael Correa, jefe del Estado ecuatoriano, no tardó en encontrarle parecido mérito, y aunque el fundador de esa nueva izquierda radical latinoamericana, el desaparecido líder venezolano Hugo Chávez, fuera ambiguo en su uso, la Venezuela que perseguía era muy distinta a la que recibió en su primera victoria electoral en 1998.
Esa capacidad de impregnación llegó incluso a quien menos parecía nacido para ello. El presidente Juan Manuel Santos hablaba el mes pasado de ‘refundación’ del Estado colombiano, vinculando la misma a la futura transformación del campo, uno de los cinco puntos que se discuten en las negociaciones de La Habana. Esas ‘refundaciones’, en grado de tentativa, no pasan hoy, sin embargo, por su mejor momento.
El país que más ha avanzado en su redefinición nacional es Bolivia, donde desde la primera elección de Evo Morales en 2006, y muy señaladamente con la adopción en 2009 de la Constitución que ‘refundaba’ la república como Estado plurinacional, ese ha sido su gran objetivo. En celebraciones oficiales se han recuperado signos y ceremonias del pasado animista y precolombino. La Pachamama, o madre tierra, ha llegado a disputarle el terreno a la Iglesia católica que llevaron en sus alforjas los conquistadores, y en enero pasado se proclamaba la llegada del Pachakutik, el tiempo de la Nueva Armonía, que se supone que debía acabar con las sevicias del capitalismo salvaje. La transformación que se pretende es, pues, total, de lo simbólico y telúrico-religioso a la socialización de la vida cotidiana, llevada a cabo por el partido de Morales, el MAS o Movimiento al Socialismo.
La Bolivia del presidente-mestizo ha tenido durante esos años que tratar con explotadores y compradores de sus extensas riquezas naturales; desarrollar una política de acento social en medio de una relación con organismos internacionales para los que términos como ‘bono dignidad’ tienen escaso recorrido; por ello, sus mejores intenciones no han sido siempre practicables y un inevitable posibilismo ha provocado protestas y espasmos huelguísticos, incluso entre la masa indígena más tradicionalmente favorable a Evo como son aymaras y quechuas del altiplano. Recién convocadas para octubre de 2014 las elecciones en que repetirá candidatura el tándem Morales-García Linera para presidente y vicepresidente, se aprecia en el mandatario preocupación y decisión a la vez de que, si —dada la atomización de las fuerzas opositoras— es reelegido, pretende dar un empellón decisivo a su obra en el período 2015-20.
El presidente ha ido preparando el terreno, si no deshaciendo lo ya realizado, sí poniéndolo entre algodones. Y eso significa acercamiento a la Iglesia, que, con todo, sigue sin participar en las celebraciones ecuménicas a las que concurren los oficiantes de un pasado prehispánico al que se idealiza sin rubor, junto a una extensa congregación de representantes del protestantismo sectario. Igualmente, Evo Morales ha tendido puentes con la burguesía criolla de Santa Cruz, hasta ahora su mayor adversario, atemperando furores anticapitalistas y, en general, ha dejado su puja para suceder a Hugo Chávez como líder del bolivarianismo a la tramoya exterior con exhibiciones como pedir en la ONU el enjuiciamiento del presidente Obama por “crímenes de guerra”. Moderación en casa, radicalismo de puertas afuera. Pero cabe argumentar que la hora de la verdad llegará en 2014-15, su tercer mandato.
En Ecuador refundar significa elevar la estatura política y económica del ecuatoriano, pero en modo alguno fugarse de Occidente. Y para ello considera necesario limitar la capacidad crítica de la sociedad y su vocero natural que es la prensa con sanciones, destituciones y cierres para obtener la sumisión que cree precisa para finalizar su obra. La situación de los medios de comunicación es bastante más grave que en Bolivia.
Finalmente, en Venezuela, tercera pata de este trípode, reina un desbarajuste público que se traduce en desabastecimiento galopante, criminalidad disparada y empobrecimiento de las clases medias. Sobre todo ello habría de pronunciarse la opinión en las elecciones municipales del próximo 8 de diciembre, porque si el país no es una democracia a la europea, menos es la dictadura cubana, a la que tanto admira el chavismo. Aquí lo que entendiera Chávez por refundación del país se convierte con su sucesor, Nicolás Maduro, en un estrépito de órdenes y contraórdenes, acusaciones de sabotaje, conspiración y presuntos atentados dirigidas contra EE.UU., que no favorece la imagen internacional de Venezuela.
Refundar es empezar de nuevo y no se tiene noticia de que se haya dado en ningún país de la Edad Moderna para acá. Pero si la Bolivia de Evo Morales lo consiguiera sería un poderoso modelo para la América andina y caribeña, allí donde el criollo es escueta minoría. Hoy toca, sin embargo, el atrincheramiento sobre el propio terreno más que la revolución en marcha. Para que Evo Morales pueda pasar revista a sus efectivos.