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Palestina en su totalidad

02 de agosto de 2014 - 09:00 p. m.

El escritor israelí y sionista liberal David Grossman ha publicado un bello y emocionante artículo en el New York Times sobre la tragedia y masacre de Gaza.

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El punto de partida del autor es el de que los contendientes, Hamás e Israel, viven encerrados en una burbuja de sentimientos ciertos y derechos supuestos que los encadenan a un enfrentamiento sin fin. Según una lógica en sí misma impenetrable, cabría decir que ambos tienen razón; o, igualmente, que se equivocan de medio a medio. Es la conocida y en general constructiva posición de equidistancia entre los extremos, que suele derivar en tablas eternas. Pero saliéndose de esa recíproca burbuja, el debate puede orientarse por otros derroteros.

El problema consiste en que el conflicto árabe-israelí, del que la invasión de Gaza, pese al gravísimo derramamiento de sangre abrumadoramente palestina, es tan sólo un avatar, no debe verse fragmentariamente, como si estuviera dividido en episodios. Si nos atenemos a una visión fotograma a fotograma, podríamos llegar a la conclusión que mejor nos conviniera: que Israel hace uso de su legítimo derecho a defenderse, por lo que debe darle una lección “ejemplar” al enemigo; que el lanzamiento de cohetes de Hamás es un acto terrorista, merecedor de la más contundente respuesta, máxime habida cuenta de que lo que es terrorismo está definido internacionalmente. Y nada de todo ello sería del todo falso, pero sólo cuenta una parte de la historia.

Vaya por delante que si los sucesivos gobiernos de Israel actuaran con el sentido común y la generosidad de espíritu de un David Grossman sería cuando menos discutible que hoy existiera el movimiento terrorista de Hamás, y Benjamín Netanyahu difícilmente sería el que hoy conocemos. Pero, dejando inevitablemente sin respuesta cualquier futurible, no me parece esa la mejor manera de entender la circularidad del problema. Hay que abarcarlo en su totalidad, cuando menos contemporánea, para ir más allá de cualquier equidistancia.

Nadie puede garantizar que el cumplimiento de la 242, junio de 1967, que establece la necesidad —¿moral?— de que Israel se retire a las fronteras de antes de la guerra de 1967, con eventuales rectificaciones adoptadas por las partes, vaya a establecer como por ensalmo la paz, pero sí parece claro que sin ensayar esa tentativa, el enfrentamiento no acabará nunca. Y el propósito de la Autoridad Palestina que preside Mahmud Abas, como creen periodistas israelíes tan relevantes como Gideon Levy, es que así se hagan las cosas. Existe una ocupación, reconocida por la comunidad internacional, lo que necesariamente implica que haya ocupantes y ocupados. Y una de las partes, Israel, no cesa de colonizar y hacer suya la tierra de Cisjordania, desmintiendo así cualquier noción de arreglo territorial.

Evidentemente, por mucha 242 que se quiera aplicar, Hamás seguiría siendo un problema. Y para que fuera creíble un proceso en el que las partes reconocieran y pusieran gradualmente en práctica la resolución de la ONU, sería necesario que Hamás borrara de su carta fundacional cualquier pretensión de destruir Israel y se declarara dispuesto a reconocer al Estado sionista, lo que le crearía un problema mayúsculo al gobierno de Jerusalén porque lo dejaría sin coartada para su extremismo. El reciente acuerdo de unidad entre la Autoridad Palestina y el grupo terrorista, que hoy, con la ofensiva israelí sobre Gaza, es pura ilusión, podría haber sido un paso en ese sentido. En marzo de 2002, la Liga Árabe reunida en Beirut ofreció el reconocimiento de Israel por todos sus miembros, con relaciones plenas, a cambio de una retirada también plena, y Simon Peres la rechazó displicentemente argumentando que era un artilugio de Arabia Saudí para distraer la atención mundial de la participación de sus nacionales en el atentado de las Torres Gemelas —septiembre, 2001—. ¿Quién sabe? Pero valía la pena interesarse por la letra menuda de la oferta. El propio Grossman lamenta que Israel mirara para otro lado.

Nadie en su sano juicio piensa en Occidente que Israel tenga que creer a pies juntillas lo que le dicen u ofrecen, pero hay medios de explorar cuáles son las verdaderas intenciones de la otra parte. Y no son, precisamente, la invasión a sangre y fuego de Gaza con una capacidad desatada de causar daños colaterales; es decir, a la población civil y al mismo tejido de la vida gazatí: hospitales, escuelas, infraestructura, que va mucho más allá de la intención de destruir unos túneles por los que se infiltran terroristas en suelo israelí.

La exploración de la paz tiene un nombre, o mejor, un número: 242. Y si no que pregunten en la ONU.

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