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Palestina y sus nefastos amigos

13 de septiembre de 2014 - 09:00 p. m.

Moshe Dayan, el icónico Ministro de Defensa y militar israelí que se las daba de arqueólogo, dijo en los años 60 un ‘bon mot’ sobre sus adversarios: “Con un aliado como EE.UU., una zanja antitanques como el canal de Suez y unos enemigos como los árabes, no tenemos nada que temer”.

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Pero las cosas estaban aún mejor de lo que decía despectivamente el intelectual aficionado en el enfrentamiento de Israel con la nación palestina. Con amigos tan poco prometedores, como los de la Autoridad Palestina (AP) que preside Mahmud Abbas, la situación es aún más favorable a los intereses de la ultraderecha nacionalista gobernante. Dos son esas fuerzas, una dentro del propio nacionalismo palestino, Hamás, y otra exterior, el ISIS o Estado Islámico, ambas nefastas para la lucha palestina.

Las continuas derrotas de los Estados árabes en sus enfrentamientos con Israel entre 1948 y 1982 magnificaron el papel de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) que, aunque creada en 1964, sólo llegaba a su mayoría de edad política tras la debacle de 1967, que el sionismo y sus admiradores llaman Guerra de los Seis Días. Las formaciones estatales se retiraban dejando el campo a una organización guerrillera. Pero el nulo progreso, tanto en la guerra como, a partir de 1993 por la vía de la negociación política, tenía que producir una escisión en Fatah, el movimiento principal cobijado en la OLP. Para no dejarse ganar por la mano por la primera Intifada, sublevación popular contra la ocupación israelí en Palestina, nacía a fin de 1987 el Movimiento de Resistencia Islámica, o Hamás, como rama de los Hermanos Musulmanes, egipcios.

Hamás, aunque acentuaba el factor religioso en su formación, era un nacionalismo que, como en los orígenes de Fatah, propugnaba la vía armada —el terrorismo—, como único medio para establecer una patria palestina, y en su partida de bautismo consagraba la necesidad de destruir el Estado de Israel. En 2006 Hamás ganaba las elecciones legislativas en la franja de Gaza, que Israel había abandonado el año anterior, pero seguía vigilando por tierra, mar y aire a lo largo de sus 360 km2. Y la llegada de un poder violentamente antisionista haría que se extremara esa vigilancia. Desde entonces se han alternado las “operaciones de castigo” israelíes, con la muerte de miles de palestinos, civiles, terroristas y clases pasivas en general, y el lanzamiento de cohetes desde la franja contra territorio israelí, con nulo efecto militar, pero decisivas consecuencias políticas.

Los atentados terroristas de Hamás han permitido a los sucesivos gobiernos de extrema derecha en Jerusalén paralizar cualquier negociación significativa con la AP (Fatah) de Mahmud Abbas, y ganar tiempo, que en este caso es perderlo, para ir inflando de colonos Cisjordania y la Jerusalén árabe. Benjamin Netanyahu, con aire virtuoso, no cesa de repetir que con el terror no se negocia. Y lo último que desearía Jerusalén es que Hamás renunciara con luz y taquígrafos a su objetivo histórico: la destrucción de Israel, porque entonces le resultaría mucho más difícil seguir negándose a negociar de buena fe. Si Hamás se “autodomesticara”, como hizo la OLP, las conversaciones de paz no adquirirían pese a ello auténtico sentido, sino que Israel tendría muy cuesta arriba la batalla diplomática, que es la única que pueden ganar los palestinos. Y a la fecha Hamás y sus cohetes siguen siendo la coartada israelí para no negociar y devastar Gaza cada cinco o seis años.

Isis es un fenómeno distinto, sólo tangencialmente interesado por la lucha palestina, como parte de la “liberación” del mundo árabe de la servidumbre de Occidente, y su unificación en un califato como los de Damasco o Bagdad en la Edad Media europea. Pero sus efectos sobre el conflicto palestino son igual de letales. Un ejército salvajemente fanático es la expresión de un terrorismo, de origen suní, cuya eventual victoria aterraría con razón a Europa y EE.UU. Y no podría haber mejor proposición para Netanyahu que la amalgama de terrorismos, antisionista en Hamás, y universal en ISIS, para pedir una cruzada judeo-cristiana que acabara con el íncubo. El hecho de que los aliados naturales contra el Estado Islámico sean certificados enemigos de Occidente, como la dictadura siria de Hafez el Assad, y en menor medida, el Irán chií, hace aún más inextricable el problema. ¿Cómo se combate a los enemigos, cuando éstos son enemigos entre sí? ¿Caben las alianzas del mal menor? Pero no hay mal menor para el pueblo palestino. Hamás, desde dentro, mina las posibilidades de progreso diplomático de la AP de Abbas, aunque en teoría haya habido una reconciliación entre Fatah y el movimiento resistente; e ISIS, desde fuera, es el gran espantajo que perturba a Occidente y conforta la parálisis a que se apunta Israel para que no se devuelva jamás territorio al pueblo palestino. 

** Periodista colombo-español, columnista de ‘El País’ de España

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