LA CRISIS ECONÓMICA INTERNAcional ha roto todos los paradigmas.
Por ejemplo, Estados Unidos, centro del capitalismo global, ha terminado siendo el más agresivo en los programas de intervención y rescate financiero. Ante la magnitud del problema, los gobiernos han buscado implementar estrategias que privilegian las medidas de corto plazo. Nadie realmente discute los costos de mediano y largo plazo, pues se impone la urgencia. Se trata, antes que nada, de impedir que el desempleo alcance niveles insostenibles. Por ello los programas de gasto público han sido aprobados sin mayores discusiones políticas. Esto ha sido cierto en Estados Unidos, Japón y Europa. Nadie quiere mostrarse hoy como indolente. La competencia se centra en quién ofrece mayores subsidios y apoyos más generosos a los sectores afectados por la recesión.
Pero la economía tiene sus leyes internas que no pueden ser ignoradas. En algún momento habrá que enfrentar el tema del costo de estas ambiciosas medidas y sobre todo el del reparto de su financiación. Por el momento los gobiernos evaden las respuestas. Pero más temprano que tarde deberán enfrentar la dura realidad. No hay fórmulas mágicas: o suben los impuestos o aumenta la deuda. En el caso de los Estados Unidos existe una tercera opción, que es la que por el momento se impone, y consiste en emitir una parte muy significativa de los programas de gasto público. Ello conllevará dos escenarios que no son excluyentes: el primero es una devaluación de todos los activos denominados en dólares y el segundo una mayor inflación. Es más probable que ocurra lo primero, pues el entorno recesivo no es propicio para un aumento de los precios de la economía.
Varios pagarán esta abultada cuenta. Si hay una devaluación del dólar, los perdedores serán muchos y en todos los rincones del planeta. Los tenedores de bonos del Tesoro de los Estados Unidos serían muy perjudicados por cualquier escenario en el que se intente licuar la deuda pública. Si sube la inflación sus inversiones serán duramente castigadas. Si se opta por la devaluación de la divisa americana también asumirán una parte importante del costo. Por ello el nerviosismo creciente de la China, principal tenedor externo de papeles de deuda estadounidenses. La deuda se pagará también con mayores impuestos. Ha terminado el período histórico que vio una caída gradual en los niveles impositivos. A partir de ahora, los gobiernos se verán obligados a incrementar las tasas de impuestos, pues de lo contrario los déficits fiscales no serán sostenibles.
Todo lo anterior confirma que esta crisis no ha terminado y que sus efectos serán visibles durante varios años. Todo desequilibrio económico tiene su correspondiente proceso de ajuste. Los programas de reactivación productiva son hoy vistos como la única alternativa viable, pero sus costos serán asumidos por todos en proporciones variables. Es muy probable que para salir definitivamente de esta crisis debamos pasar por un período de tasas de interés reales más altas, con mayores niveles de inflación y muy posiblemente con una inestabilidad cambiaria. La rentabilidad de los negocios será más baja y lo mismo sucederá con el ingreso disponible de los ciudadanos, que deberán asumir mayores impuestos.