LAS ÚLTIMAS SEMANAS HAN SIDO las más difíciles del gobierno Uribe. Se percibe una clara tensión relacionada con múltiples factores. Los falsos positivos, la crisis de las pirámides y el debilitamiento de la economía han generado una enorme presión sobre el Jefe del Estado. La oposición ha querido capitalizar la coyuntura, lo que generó una muy desafortunada escalada verbal.
Es en estos momentos que se pone a prueba el funcionamiento institucional, el Gobierno está pagando un precio muy alto por el desgaste del gabinete ministerial. La soledad del Presidente es pasmosa. Hace meses que el equipo de gobierno necesita oxígeno, pero Uribe se resiste a plantear esa alternativa. También está asumiendo el costo de no tener una mayoría compuesta por verdaderos partidos. La coalición legislativa es el mayor talón de Aquiles del Gobierno. Está formada por grupos que compiten entre sí por los favores burocráticos, roídos por los escándalos de corrupción y los vínculos con el paramilitarismo. El liderazgo de las bancadas es débil y siempre subordinado a su inagotable apetito burocrático. La enorme popularidad del Presidente en las encuestas no se traduce necesariamente en gobernabilidad. Al Gobierno le cuesta cada vez más gestionar sus proyectos en el Congreso. También incide la tendencia del Presidente a resolver los problemas directamente. Los asuntos escalan innecesariamente al palacio presidencial, lo que dificulta los procesos de toma de decisión e incrementa su costo político.
El tema de la reelección también hace daño a la capacidad de acción gubernamental. Todas sus acciones son analizadas bajo esa lupa. Si el Gobierno toma decisiones es porque quiere hacerse reelegir. Si no actúa es porque quiere hacerse reelegir. Todos los actos de gobierno quedan enmarcados en el desesperante debate sobre cuáles son las verdaderas intenciones del Presidente en la materia. La agenda del Gobierno quedó subordinada, restándole importancia y eficacia a la acción del Estado. De alguna forma el Gobierno está preso de su propia estrategia. La posibilidad de una reelección es un torniquete que le quita aire y espacio de maniobra. Pero lo más grave es que el costo político de esta indefinición es cada día más alto y terminará por favorecer a la oposición.
La dinámica política es caprichosa. El Presidente más popular de nuestra historia, aquel que la mayoría de los colombianos respalda, es curiosamente uno de los menos eficaces en el manejo de su agenda. Uribe tiene a la prensa, la justicia, los sindicatos, al liberalismo, al Polo y a las ONG en su contra. Puede controlar a estos opositores que no son reales amenazas frente a su inmensa popularidad. Pero en cambio no puede seguir aceptando que su gobierno no funcione adecuadamente y su agenda política se estanque. De alguna curiosa forma, el mayor enemigo de Uribe es Uribe mismo. Sin gabinete, sin partidos y sin mayorías confiables en el Congreso, el Presidente reduce angustiosamente su ya frágil gobernabilidad. El problema es que todavía faltan veintiún meses de gobierno. Más temprano que tarde su popularidad se verá afectada por un sistema que él creó y que sólo él puede modificar. Ojalá reaccione pronto.