ESTE ES EL TÍBET HISTÓRICO, UNA tierra de escarpadas montañas, esculturas hechas de mantequilla de yak y serenos monjes que, con sus túnicas rojas, hacen girar ruedas doradas de rezos en antiguos monasterios
En los últimos dos meses, este Tíbet mayor también se ha convertido en una tierra de monjes incendiarios, efectivos militares armados y manifestantes ensangrentados. Hoy día no está formalmente bajo un código marcial, pero a eso equivale, al tiempo, que los extranjeros han sido mantenidos a distancia en su mayor parte.
Me colé a través de estas áreas tibetanas en las provincias de Gansú y Qinghai, eludiendo las tropas mediante un recorrido en automóvil con las cortinas corridas sobre las ventanillas, y quedó en claro que las recientes protestas en contra de China se extienden a lo largo de un área mayor del Tíbet tradicional de lo que suele creerse comúnmente. Esto fue, en efecto, una insurrección popular en contra del mandato chino a lo largo de áreas tibetanas, y la región sigue en un estado de turbulencia.
Comprensiblemente, ciudadanos chinos han quedado indignados ante los disturbios en contra de China por parte de tibetanos en Lhasa, en marzo. Los tibetanos quemaron 1.000 tiendas pertenecientes a chinos (unas cuantas con personas en ellas) y atacaron salvajemente o lapidaron a ciudadanos comunes de China, incluso a un niño de aproximadamente 10 años de edad. El Dalai Lama y occidentales a favor de Tíbet se mostraron excesivamente complacientes con respecto a condenar la brutalidad tibetana, en tanto Estados Unidos pareció hipócrita por su aparente indiferencia cuando las víctimas en Tíbet fueron chinas.
No obstante, muy pocos escucharán algún día acerca de la severa represión que se desarrolla aquí en la antigua región tibetana de Amdo. Si bien se produjeron algunos disturbios en Xiahe, y algunos ataques en contra de la policía, así como la quema de vehículos policiales en otras partes, la mayoría de los manifestantes fueron pacíficos. Pero incluso donde las protestas fueron totalmente tranquilas, la represión ha sido despiadada.
En el Monasterio de Labrang, en esta localidad montañosa, a casi 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar, más de 220 monjes budistas fueron detenidos y golpeados, dijeron tibetanos de la localidad. En su mayor parte ya fueron liberados, pero algunos siguen hospitalizados a causa de sus heridas. Varios monjes se ocultan en las montañas y todos están aterrados”.
“Fui golpeado durante dos horas con palos, así como pateado por todas partes”, dijo un monje que fue liberado tras una noche de encierro.
Las autoridades chinas condujeron a un grupo de periodistas hasta este sitio el mes pasado, en un recorrido altamente planeado, para demostrar que Labrang estaba en calma, y entonces 15 monjes se apresuraron hasta donde el grupo estaba. Uno de ellos lloraba, y todos dijeron que sus derechos humanos estaban siendo violados de manera sistemática.
Luego que los reporteros se marcharon, quienes se unieron a la protesta pacífica terminaron encarcelados, golpeados y, en algunos casos, sometidos a tortura de choques eléctricos, dicen monjes en este lugar. Resulta imposible confirmarlo, y las versiones tibetanas de los hechos a veces son exageradas.
Los tibetanos están desesperados por dar a conocer sus historias. A uno de los monjes le tomó por sorpresa mi visita a su alojamiento en una noche. Pero, cuando le confesé que era un periodista estadounidense y le pedí ayuda, manaron lágrimas de sus ojos y él me condujo hasta las profundidades del complejo monástico para reunirnos en secreto con varios monjes más.
Uno de ellos dijo que la policía les gritaba a los monjes durante las golpizas: “El Dalai Lama, los países occidentales y Estados Unidos no te están protegiendo ahora. ¡Diles que vengan a salvarte!”
Aún existe una fuerte presencia policial en estas áreas tibetanas, al tiempo que efectivos militares estaban en alerta en la calle principal de Tongren, poblado en la cercanía.
“Ya no habrá protestas antes de las Olimpiadas”, dijo uno de los monjes. “Sencillamente, la gente está muy asustada. La presión resulta excesiva”.
El dominio del Partido Comunista ha sido bueno para los tibetanos en un sentido material. Los pastores actualmente usan motocicletas para reunir a sus yaks, la electricidad y la televisión satelital son comunes y la educación se está extendiendo. Los tibetanos claramente están en mejores condiciones que en mis visitas previas, aunque la infelicidad está creciendo a la par de los ingresos.
Un pastor en las colinas me sirvió té de mantequilla de yak frente a un televisor y reproductor de DVD en su nuevo hogar. Su esposa nunca asistió a la escuela, pero su hija actualmente cursa el bachillerato.
“El nivel de vida ha mejorado por aquí”, aseveró el pastor, pero, incluso así, se había unido a las manifestaciones en contra del dominio chino. Su prioridad, dijo, no era la riqueza sino la libertad de venerar al Dalai Lama.
Cuando el presidente George W. Bush visite China con motivo de la Olimpiada —y está en lo correcto al hacerlo, en vez de boicotear los juegos, inflamar el nacionalismo chino y apuntalar a la línea dura— debería promover intensamente unas negociaciones serias entre Beijing y el Dalai Lama. De manera similar, Bush debería, en entrevistas con medios noticiosos de China, notar que si se permiten las protestas no es que se trate de una señal de debilidad, sino de autoconfianza nacional.
China está surgiendo como una gran potencia en este siglo y tiene fama de preocuparse con respecto a guardar las apariencias. Empero, deja de guardarlas en medida mucho mayor con su propia represión de tibetanos que con cualquier cosa que Dalai Lama haya hecho alguna vez.
* c.2008 – The New York Times News Service