¿ES USTED CAPAZ DE TOMAR UNA empresa perfectamente bien, de 158 años de existencia, y convertirla en polvo? Si efectivamente lo es, entonces es probable que usted no esté percibiendo ingresos acordes a su potencial pleno.
Usted debería estar ganando dinero a paladas como Richard Fuld, por largo tiempo el jefe de Lehman Brothers. Él se llevó a casa cerca de 500.000 millones de dólares en compensaciones totales entre 1993 y 2007.
El año pasado, Fuld tuvo ingresos por aproximadamente 45 millones de dólares, con base en los cálculos de Equilar, empresa dedicada a la investigación de salarios ejecutivos. Eso equivale a casi 17.000 dólares por hora para borrar del mapa a una empresa. Si usted está dispuesto a enterrar a una empresa por menos, solicite el empleo comunicándose a Lehman Brothers al teléfono (212) 526-7000.
¡Ah!, no importa.
Me deleita anunciar que Fuld (quien sigue dirigiendo Lehman desde que la empresa comenzó con los procedimientos de bancarrota en esta semana) es el ganador de mi Premio Anual Michael Eisner por rapacidad corporativa y una deficiente vigilancia corporativa. El galardón rinde homenaje a los pioneros logros en este campo de Eisner, el ex jefe de Walt Disney.
Ésta no es meramente una placa que se empolvará en un armario. Es una cortina de baño para conmemorar la que costó 6.000 dólares y fue comprada por el ex director ejecutivo de Tyco, siendo cargada a sus accionistas más tarde.
Así que a Fuld le gustará saber que ya elegí una encantadora, de vinilo verde, para usted. ¡Apenas costo 14.99 dólares! ¡Vamos, le ahorré $5,985!
Quizá parezca frívolo estar regalando cortinas de baño a directores ejecutivos cuando nosotros estamos atrapados en una crisis económica que se va profundizando. Bien, pues, así es.
Sin embargo, uno de nuestros amplios problemas nacionales es la creciente desigualdad, y se ve exacerbada por ejecutivos corporativos que se sirven con la cuchara grande del dinero en efectivo de los accionistas. Tres décadas atrás, los directores ejecutivos típicamente ganaban de 30 a 40 veces el ingreso del trabajador común. El año pasado, los directores ejecutivos de grandes empresas públicas promediaron 344 veces el promedio salarial de los trabajadores.
Al parecer, (el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos) John McCain piensa que el problema es que los directores ejecutivos (CEO) son codiciosos. Bien, por supuesto, lo son. Todos somos codiciosos. El verdadero fracaso está en el gobierno corporativo, mismo que proporciona solamente la más mínima supervisión para reducir la codicia de ejecutivos como Fuld.
“Comparen la destrucción masiva de riqueza para los accionistas con lo que él obtiene a final de cuentas”, destacó Lucian Bebchuk, el director del programa de gobierno corporativo de la Facultad de Leyes de Harvard. Un defecto central de dicho gobierno es que los consejos directivos, con frecuencia, son ornamentales y la vigilancia que suministran es insignificante.
Como ha dicho Warren Buffet, “al juzgar si el mundo corporativo de Estados Unidos habla en serio con respecto a la reforma en sí, la paga del director ejecutivo sigue siendo la prueba determinante”. Es una prueba que el Estados Unidos corporativo no está aprobando.
Estos gigantescos cheques de pago son el resultado, en parte, de subsidios del contribuyente fiscal. Un estudio dado a conocer unas cuantas semana atrás por el Instituto de Estudios Estratégicos, en Washington, encontró cinco elementos principales en el código fiscal que fomentan los sueldos excesivos para los ejecutivos. Esto le cuesta al contribuyente fiscal de Estados Unidos más de 20.000 millones de dólares al año.
Eso es suficiente dinero para desparasitar a cada niño en el mundo, reducir en dos tercios la mortandad materna alrededor del mundo y también proporcionar sal tratada con yodo a fin de prevenir que decenas de millones de niños padezcan retraso leve o cosas peores. De manera alternativa, esa suma podría cubrir el cuidado de salud de la mayoría de los niños que carecen de seguro en Estados Unidos.
¿Acaso realmente creemos que los directores ejecutivos como Fuld merecen más dólares de los impuestos que los niños enfermos?
Quizá sea comprensible que a los CEO les paguen heroicamente cuando tienen éxito, pero ¿por qué pagarles prodigiosas sumas cuando fracasan? E. Stanley ONeal, el ex jefe de Merrill Lynch, se retiró el año pasado después de lanzar a la empresa por un barranco, marchándose tranquilamente con 161 millones de dólares.
El problema no es precisamente que los cheques de pago sean gigantescos. En su totalidad, estrellas de béisbol, banqueros de inversiones y administradores de fondos de cobertura perciben sumas obscenas, pero, con honestidad: a través de transacciones en las cuales las partes están afiliadas, pero no tienen una relación directa o no se conocen y cada cual actúa en su propio interés. Quizás usted o yo podamos sentir espanto ante esto, pero ése es el mercado libre en acción.
Por contraste, los consejos directivos les pagan a los directores ejecutivos después de negociaciones que, con frecuencia, son más similares a conversaciones de almohada. Las relaciones son incestuosas, al tiempo que los consultores de compensaciones proporcionan tan sólo una aproximación de respetabilidad al encontrar a algún “grupo compañero” de empresas que esté tan moribundo que cualquiera brille en comparación. El resultado es lo que expertos conocen como el efecto Lago Wobegon, que milagrosamente deja a todos los CEO por encima del promedio. De hecho, un estudio de 1.500 empresas encontró que dos tercios de ellos alegaban que estaban superando el desempeño de sus grupos compañeros.
John Kenneth Galbraith, el gran economista, explicó en una ocasión: “El salario del director ejecutivo de una gran corporación no es un premio del mercado por sus logros. Con frecuencia cae en la naturaleza de un gesto de calidez personal por parte del individuo a sí mismo”.
Se discuten ampliamente soluciones técnicas, ya existentes, a los salarios excesivos que se pagan a sí mismos algunos directores ejecutivos, hacia las cuales deberíamos avanzar. También podemos aprender del Reino Unido y de Australia, que les ofrecen a los accionistas más derechos que en Estados Unidos, trazando de nuevo el balance entre accionistas y la administración y reduciendo la paga en el proceso.
En cuanto a Fuld, para mala fortuna, él no tuvo comentarios para esta columna. En el nivel de 17.000 dólares por hora, probablemente no valía la pena por su tiempo.
* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer.c.2008-The New York Times News Service.