TÍBET ES UNA DE LAS MAYORES SOMbras proyectadas sobre la Olimpiada y sobre el ascenso de China como una gran potencia. Sin embargo, no tiene que ser así.
En junio, me senté en privado para una reunión con el Dalai Lama, y hablamos largamente acerca de qué tipo de trato estarían él y China dispuestos a aceptar. Él se mostró mucho más flexible y pragmático con respecto a una resolución de la cuestión tibetana de lo que me habían llevado a creer declaraciones públicas.
Yo he seguido la discusión con funcionarios tibetanos desde esos días (justamente como he sostenido discusiones similares con funcionarios chinos), y es errónea la percepción de China con respecto al Dalai Lama como una figura apegada rígidamente a viejas posiciones. El Dalai Lama reconoce que el tiempo se agota, y está dando indicaciones de una voluntad para negociar.
Una de las señales es la siguiente: por vez primera, el Dalai Lama está dispuesto a afirmar que él puede aceptar el sistema socialista en Tíbet bajo el mandato del Partido Comunista. Esto es algo que Beijing siempre ha exigido, y, tras una larga discusión, el Dalai Lama ha accedido a hacerlo así.
“El objetivo principal está en la preservación de nuestra cultura, del carácter de Tíbet”, me dijo el Dalai Lama. “Eso es lo que tiene mayor importancia, no la política”.
Esa es una concesión considerable, y China ahora debe reciprocar. El rumbo actual de las conversaciones entre el Departamento del Trabajo Frente Unido del Partido Comunista y los representantes del Dalai Lama nunca llevará a ninguna parte. La única esperanza radica en que Beijing arranque los asuntos tibetanos de funcionarios del Frente Unido y sostenga conversaciones directas con el Dalai Lama.
En una indicación que la dirigencia china también está pensando creativamente ahora con respecto a nuevos enfoques, Beijing mencionó en secreto la idea de una visita del Dalai Lama a China y su participación en un servicio en memoria de las personas que murieron en el terremoto de mayo, en Sichuan. Esto fue una audacia; el Dalai Lama no ha entrado a China desde 1959.
Es posible crear un acuerdo que deje tanto a China como a los tibetanos en condiciones mucho mejores… si se apresuran. Una vez que el Dalai Lama muera –actualmente tiene 73 años de edad–, entonces podría resultar imposible un trato a lo largo de otra generación, ya que nadie sería capaz de unificar al pueblo tibetano detrás de un nuevo plan. Para ese momento, buena parte de Tíbet probablemente habría sido anegada en un mar de emigración desde China, al tiempo que algunos tibetanos frustrados pudieran haber recurrido al terrorismo.
A continuación, expongo un bosquejo de cómo pudiera ser un acuerdo, aunque ambas partes seguramente presentarían muchas objeciones hacia algunas de las condiciones:
El Dalai Lama respondería en cierta medida con respecto a exigencias de autonomía política para Tíbet, al tiempo que el gobierno chino ofrecería más libertades culturales y religiosas. No habría nada de “un país, dos sistemas” como ocurre en el caso de Hong Kong, en tanto mecanismos existentes del Partido Comunista seguirían operando.
Como ha dicho el Dalai Lama, él no desempeñaría papel político alguno después de haber alcanzado un arreglo, pero sí tendría libertad de entrar y salir de China con sus auxiliares y de comunicarse libremente. Además, él sería capaz de viajar dentro de áreas tibetanas, en coordinación con el Ministerio de Seguridad Pública, a fin de garantizar que no haya insurrecciones. China también liberaría a todos los tibetanos encarcelados por delitos políticos –aunque no por crímenes de violencia– tras la firma de un acuerdo.
Mucho más delicado es el pronunciamiento del Dalai Lama para que todas las áreas tibetanas sean puestas bajo una sola administración. Eso suele interpretarse normalmente como una enorme expansión de las fronteras políticas de la Región Autónoma de Tíbet para que comprenda aproximadamente una cuarta parte de China, llevándose partes de las provincias de Qinghai, Gansu, Sichuan y Yunan. En el pasado, la dirigencia china estaba abierta a una nueva delimitación de las fronteras pero, actualmente, China está tan decidida a no efectuar esos cambios como los tibetanos están a conseguirlos.
Una de las formas de zanjar esa brecha sería la creación de una Autoridad Regional para Asuntos Tibetanos que administraría aspectos clave de la vida en todas las áreas tibetanas, particularmente educación, cultura y religión. Por ejemplo, los libros de texto de los tibetanos ya son uniformes en diferentes provincias, y esta autoridad regional también supervisaría aspectos prácticos de la vida en áreas con poblaciones tibetanas, todo bajo la ley china. Esto permitiría que áreas tibetanas fueran puestas bajo una sola administración, sin cambios a las fronteras políticas.
Del lado chino, la concesión crucial sería una restricción de la emigración en el interior de todas las áreas tibetanas, dentro y fuera de la “región autónoma”, a través del sistema actual de permisos de residencia. Las autoridades chinas dejarían de emitir permisos de residencia, o zhanzhuzheng, solamente cuando ningún otro tibetano esté disponible para cubrir un puesto laboral. Esto detendría la ola de chinos en el interior de áreas tibetanas.
El gobierno chino también relajaría las restricciones que pesan sobre los monasterios y en la recepción de monjes, aunado a una reducción en las campañas de “educación patriótica” obligatoria, que sólo dejan a los tibetanos sintiéndose menos patrióticos.
El lenguaje tibetano también sería usado en oficinas gubernamentales en todas las áreas tibetanas, junto a las chinas, y se daría un nuevo impulso con miras (como lo hubo en los años 80) por incrementar el porcentaje de personas de origen tibetano que estén al frente de puestos gubernamentales y de partidos políticos. El resultado sería un Tíbet que sigue bajo el control político del Partido Comunista. No sería una democracia o un sistema multipartidista, sino que sería capaz de conservar su carácter de manera indefinida, como una región claramente tibetana y budista, tanto dentro como fuera de la formal Región Autónoma de Tíbet. Asimismo, Tíbet puede ser libre solamente si, primero, es preservado.
Para los chinos, un acuerdo de ese tipo resolvería la cuestión de Tíbet y pondría fin a la vergüenza internacional, así como prevendría el surgimiento de protestas y actos de terrorismo en las décadas próximas. En cuanto a China, ha elevado las condiciones tibetanas de vida de manera impresionante en los últimos 20 años, pero su represión ha perdido corazones y mentes tibetanas.
El Dalai Lama sabe que otros pacificadores han roto el hielo con audaces iniciativas para demostrar su seriedad; nosotros discutimos la visita de Sadat a Israel como una de estas acciones. Así que el Dalai Lama está intentando comunicarse. Esta es una de las razones por las cuales él accedió a que yo informara que él aceptaba el mandato del Partido Comunista.
“En vista del énfasis budista sobre el pensamiento racional, los tibetanos son capaces de acoger de buena gana la realidad si aceptan una parte de la situación de facto en el terreno”, agregó Lody Gyari, el enviado del Dalai Lama a las pláticas con China.
La alta dirigencia de China debería responder expresando un serio interés en las conversaciones del ámbito presidencial o del primer ministro. En la antigüedad, la Olimpiada era una época para suspender conflictos. En ese espíritu, ambas partes deberían ponerse a trabajar a fin de prepararse con miras a la visita del Dalai Lama en noviembre, seguida de negociaciones de alto nivel enfocadas a una resolución histórica de la cuestión tibetana.
Ahora es el turno de los chinos.
* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer.c.2008 – The New York Times News Service.