Este virus que nos vuelve locos (“Ce virus qui rend fou”) es el título del último libro escrito por el reconocido filósofo francés Bernard-Henri Lévy. Una especie de “grito de indignación” contra las reacciones de buena parte de nuestros gobernantes y de la ciudadanía, algunas exageradas y otras descabelladas, en tiempos de pandemia.
Según el autor, asistimos a escenas surrealistas.
Gente que en el mundo entero se hizo meter en la casa, a veces a punta de bofetadas, tal como pudo suceder en España.
Cuenta que el temido Estado Islámico declaró a Europa “zona de riesgo para sus combatientes”, como cuando un país emite alertas para que sus ciudadanos no visiten otro por razones de seguridad. Y agrega que “Hezbollah se confinó”.
Relata que en Panamá, por ejemplo, tras detectarse un caso sospechoso, “confinaron en la selva a 1.700 desesperados que caminaban hacia la frontera de los Estados Unidos”.
A partir de observaciones de esta naturaleza, describe los efectos que ello ha tenido en “nuestras sociedades”.
Para Lévy, los momentos desafortunados han abundado durante esta cuarentena.
Subraya que nuestra fijación por el COVID-19 nos hizo olvidar que “25.000 hombres, mujeres y niños mueren de hambre diariamente en el mundo”.
Critica lo que denomina “el confinamiento delicioso”, o esa tendencia de muchos a asociarlo desde la comodidad de sus hogares con un fenómeno más que enriquecedor, como si todo el mundo lo estuviese viviendo en las mismas condiciones materiales y financieras. Una especie de burla para con los más pobres, “esos que, desde las favelas de Río hasta los townships de Johannesburgo, a lo único a lo que aspiraban era a salir”.
Denuncia el exceso de normas absurdas, como por ejemplo el caso australiano, “donde se autorizó a ir a la playa durante la pandemia, pero sin hacer castillos de arena y sin broncearse”.
Cierra finalmente haciendo alusión al cubrimiento de buena parte de la prensa, excesivamente enfocado en el virus, como si nada más estuviese sucediendo en el mundo.
“Los migrantes desaparecieron”, sostiene Lévy. Ni hablar de Hong Kong, donde se impuso una cuestionada ley de seguridad nacional, “última puntilla del féretro de la democracia”, en palabras del filósofo, quien remata diciendo: “Pero no, solo teníamos ojos para los tapabocas, los geles, y las pruebas…”.
Tal es la indignación de este intelectual.
El virus parece habernos enceguecido, desorientado… enloquecido.