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¿Con qué se cura el pesimismo?

24 de marzo de 2017 - 09:00 p. m.

No resulta desproporcionado hacer comparaciones entre la actual situación de Colombia y aquella que sirvió de teatro para que comenzara la fastidiosa puesta en escena del chavismo en Venezuela. Y es que son muchos los factores que confluyen hoy para la existencia de un clima enrarecido que privilegia una solución política “no convencional”: Colombia, por diferentes razones, tiene hoy un gobierno vulnerable y débil frente a las presiones de la opinión y a las fuerzas interesadas de la política; la situación económica es difícil; la justicia está sumida en su más profunda crisis; existe un clima subyacente de protesta y malestar social; los líderes políticos andan empeñados en viabilizar sus aspiraciones cabalgando sobre el desprestigio de todos los demás, y la clase empresarial está pasmada, como si no se diera cuenta de que existe una campaña organizada por los populistas para desprestigiar la iniciativa privada y presentar el ánimo de lucro como si se tratara de un antivalor que es menester exterminar. Para completar el panorama, la clase política, por supuesto, pero también los medios de comunicación, la Iglesia, las cortes, la Policía y hasta la junta directiva del Banco de la República, han llegado a niveles de desfavorabilidad como nunca antes se había visto en la historia reciente de Colombia. Todo ello, esa es la verdad, explicaría que en las próximas elecciones, la decisión de los colombianos en las urnas termine siendo una revolución silenciosa como protesta a un clima generalizado de insatisfacción y pesimismo.

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Lo que está en juego, pues, no es el planteamiento común y ordinario de la necesidad de cambio, asunto que se reedita de manera sistemática cada vez que se aproxima la sustitución de un gobierno por cuenta de la terminación de su período constitucional. No. La realidad actual hace pensar a muchos que es posible la llegada al poder de un outsider; un extraño a la política ordinaria que, encaramado en el rechazo de todo lo establecido, logre cautivar con su discurso demagógico a un electorado desencantado, dispuesto a votar en contra de todos los que se parezcan a los representantes del poder tradicional. El desenlace de esta aventura ya lo conocemos y sus nefastas consecuencias las tenemos a la vista.

¿Será este el rumbo que Colombia elija? ¿Acaso la indignación ciudadana solamente puede ser encauzada por un líder carismático y antisistema que nos conduzca al abismo, tal cual ha sucedido en Venezuela? ¿Acaso el pesimismo solamente se cura con un acto de irresponsabilidad electoral? ¿A pesar de un ambiente enrarecido, hay algo de espacio para la reflexión, la sensatez en la política y el cambio de costumbres? ¿Los ciudadanos podrán responder con entusiasmo a un liderazgo responsable?

No tengo las respuestas para ninguna de las preguntas anteriores. Sin embargo, no me queda duda, eso sí, de que el riesgo de caer en la amenaza populista no va a desaparecer mientras quienes tienen el poder para evitarlo no se pongan a trabajar para impedirlo. Por lo pronto, y para nuestro infortunio, parece que se ocupan precisamente de todo lo contrario y contribuyen sin quererlo a la llegada al poder de sus peores enemigos.

@NicolasUribe

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