Qué tristeza que a estas alturas del ‘partido’ tengamos que estar aferrados a un milagro para poder clasificar al Mundial de Fútbol. Pero así es, esa es la cruda realidad. Suena a disco rayado, porque lo mismo nos ocurrió hace cuatro años y también hace ocho. Y qué pasó, nada de nada.
Sí, se ha cambiado de técnico, de dirigentes, de sede y de jugadores, pero el resultado al final es el mismo: fracaso total. Y dirán los miembros del Comité Ejecutivo de la Federación que se han hecho cosas buenas, que se ganó la sede para el Mundial Sub 20 en 2011, que se está construyendo la sede en Bogotá para las selecciones nacionales y que por fin se pudieron sanear las finanzas de la entidad, pero si el máximo objetivo, que es ir al Mundial de mayores, no se logra, pues qué pena con ustedes, pero la gestión no se puede calificar más que de fracaso.
El mismo presidente de la Federación, Luis Bedoya, me lo dijo hace mucho tiempo en una entrevista, que “infortunadamente los malos resultados en las eliminatorias y la no clasificación al Mundial son una guillotina para nuestra gestión”. Claro, lo advirtió cuando ni por las curvas había amenaza de quedarnos por fuera de Sudáfrica.
No seré quien pida que rueden cabezas, primero porque no me corresponde y, segundo, porque creo que eso no garantizaría la solución a los problemas del fútbol colombiano, sencillamente porque a lo largo de los años han cambiado los nombres de los dirigentes —bueno, de algunos—, pero los resultados siguen siendo malos, pésimos.
Pero queremos soluciones, no más promesas. La verdad es que quedarse por fuera del Mundial por tercera vez consecutiva es sinónimo de absoluta mediocridad.
Pero claro, se me olvidaba, como los milagros sí existen, pues entonces sigamos aferrados a él. No quiero que me tilden de pesimista. Así todos seríamos felices y los errores se volverían a tapar.