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Aniversario

22 de noviembre de 2011 - 06:00 p. m.

¿Pertenecen a mundos distintos las cosas del corazón y las cosas de la calle?

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Ayer era nuestro día, pero al despertar me di cuenta que Sylvia no estaba. Un huracán se la ha llevado al otro lado del océano. Así que cuando llegue la noche cenaré solo en el restaurante que nos gustaba al este de la ciudad; lo haré para no aceptar su ausencia, y trataré a esa sombra como se trata a un objeto sólido. La tomaré de la mano, acariciaré su cabello rojo , le daré un beso en los labios y le diré que la amo.

Quién sabe, quizás me suceda lo que a Emilia Dupuy, quien tras treinta años de haber perdido a su esposo Simón, vino a encontrarlo un día en el lounge bar del Trudy Tuesday. Emilia pensó que había entrado al sitio equivocado y su primera reacción fue salir corriendo. Se había pasado toda la vida esperando su regreso. Lloró al verlo, pero en la noche tras su reencuentro hicieron el amor como nunca antes.

A Simón se lo había llevado el huracán de la fuerza de las armas, las de la Junta Argentina allá en los años ochenta. El tirano que me arrebató a Sylvia es otro y el mismo. Para comenzar, no tiene gafas oscuras ni el rostro severo que aparece en las fotografías de esos animales del siglo pasado. Viste de manera impecable, y lejos de aparecer monstruoso, su rostro, aunque algo preocupado, no dice nada. Las líneas de su frente no las ha arado el pensamiento sino que se trata de las líneas de información de los estados financieros.

Para apaciguar a sus inversionistas durante la crisis del 2008, de un plumazo borró varios puestos de trabajo sin considerar que al hacerlo extinguiría hogares, futuros y confianza. Así desató el torbellino que se llevaría a Sylvia, de la misma manera que en los treinta se llevó a Dorothy de Kansas.
¿Cómo denominar a estos nuevos tiranos? No les llamaré plutócratas pues ese término tiene historia y estos hombres no la tienen. Llamémosles logreros. No quieren saber nada acerca de la esencia de las cosas. Del arte, sólo su precio; de la fe, que no hay alternativa, que solo existe este mundo.

Desconocen la existencia de dos mundos, el del corazón y el de la calle. Hoy saldré a la calle para gritar a voz en cuello: quiero que todos sepan que debí tener un corazón más grande, un cerebro más preciso y el coraje de un león para enfrentar mejor esos momentos.

Pero como a Emilia, nunca me ha faltado el mismo amor que sentí la primera vez que la vi hace ocho años. Así que en mi corazón la veré hoy en el restaurante; nos sentaremos a celebrar nuestro aniversario con una botella de vino tinto, y le recordaré que en el concierto al que fuimos juntos Robert Smith cantó Love Cats sólo para ella. En ese momento haré aparecer como por arte de magia un aro dorado de luces brillantes, me sonreirá como sólo ella sabe hacerlo, y será entonces nuestro eterno mediodía.

*Analista y profesor del Birkbeck College de la U. de Londres.

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