Thomas Mann, no el escritor, sino el hombre de Lyndon Johnson en Latinoamérica, afirmó acerca de los latinoamericanos que nuestros “procesos de pensamiento son diferentes. Con ellos hay que ser firmes”. No faltarán quienes aquí y allá concluyan con resignación que el funcionario estadounidense apuntaba “lo obvio”. Cabe recordar que la genealogía de esa distinción en el nivel cognitivo y la facultad de abstracción es menos obvia de lo que algunos creen, y que ha tenido efectos decisivos en niveles más concretos: el geopolítico y el desencanto con la política entre nosotros.
La distinción, que niega a los habitantes del sur del continente la capacidad de abstraer y la fortaleza de voluntad, aparece por primera vez en las crónicas escritas por los europeos del siglo XVI. José de Anchieta, considerado el fundador de la literatura brasileña, asimilaba a los amerindios con el mirto y los vegetales para distinguirlos de la forma y los procesos de pensar de los europeos cristianos, fuertes como el mármol.
Anchieta y otros habían sido testigos de la manera como los indígenas de Latinoamérica resistían la conversión: abrazando la fe con entusiasmo un día, se olvidaban de ella al siguiente. Los investigadores europeos concluyeron que los amerindios eran incapaces de pensar el futuro, y por tanto de calcular. Ello los descalificaba a la hora de administrar sus recursos y economías. La “inconstancia” del alma latinoamericana implicaba también una voluntad débil e incapaz de hacer contratos u obligarse en el tiempo, y entonces, de crear gobiernos estables.
Esa conclusión resuena en lo dicho por Mann, y ha informado desde hace más de cuarenta años la política exterior de los EE. UU. en América Latina. Asumida la superioridad “natural” de los primeros, su política exterior es de franco desinterés puntuado en ocasiones por reacciones que van desde la histeria hasta el pánico “intervención-o-toma-comunista”.
Frente a las grabaciones del ministro brasileño Jucá, invitando a reemplazar a Dilma Rousseff por Michel Temer para descarrilar las investigaciones sobre corrupción política, confirmando que se trata de un golpe, sin comillas, los norteamericanos han preferido callar. En cambio vociferan ante la comprobada “incompetencia económica” de las izquierdas del continente.
También muchos izquierdistas y liberales han concluido ya que el reciente capítulo progresista de nuestra historia se ha cerrado. En vez de reconocer la debilidad de la política exterior norteamericana, suplementada por una burguesía local parasítica y corrupta, prefieren escudarse tras “el dominio imperial” y evitar así asumir la responsabilidad histórica que les corresponde: continuar profundizando con radicalidad la democracia.