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#BLM

19 de julio de 2016 - 10:00 p. m.

El «problema negro» no es una cuestión particular que afecta a algunos pocos entre nosotros, como no lo es la cuestión indígena, pues hoy todos somos negros en potencia.

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Lo demuestra el que en las lenguas dominantes de la modernidad la palabra negro esté ligada al momento constitutivo del capitalismo: el de la violencia colonial que estableció la cultura como un estadio superior a la naturaleza cuyo objetivo sería aumentar la cantidad de energía disponible por cada hombre “civilizado”. La naturaleza y las relaciones con esta son reducidas a un tipo de creencia inconstante respecto de un objeto inerme.

Se trata de una violencia lenta que es hoy cada vez menos lenta, e implica que en últimas todos somos susceptibles de ser tratados como un objeto inerme o una mera fuente de energía. La aceleración de dicha violencia, que es técnica y lógica, la de lo disponible y el riesgo, es lo que llamamos neoliberalismo.

“Durante el advenimiento del neoliberalismo”, dice Achille Mbembe a quien he venido citando entre otros, “la distinción entre blancos y negros quedó abolida de facto. La economía capitalista designa que una parte de la población es superflua. Luego la trata como tal, sometiéndola a riesgos mayores que el resto.”

Así por ejemplo, en Colombia, esta semana de “paz” el Tejido de Comunicación Pueblo Nasa denunció que al miembro de la Guardia Indígena Albeiro Camayo y a su familia les dispararon mientras dormían. “Atentar contra un Guardia Indígena es atentar contra la vida misma y la humanidad entera”, titulaba el comunicado. ¿Pero cuántos colombianos piensan que personas como Camayo y los suyos no cuentan o cuentan menos?

Entre tanto emerge en Europa una xenofobia apartada de los criterios del cromatismo étnico, cercana a la “opresión y aplastamiento de los que son más débiles que uno. Se trata de un racismo libidinal. En esa opresión del otro se produce un goce, cosa que tiene su importancia en un tiempo totalmente depresivo”, observa Mbembe.

Ilustra acudiendo al ejemplo de la sátira vuelta en contra de quienes padecen precariedad, los inmigrantes, y su relación con el espectáculo de los programas de historia que en la escuela francesa actual destacan “el papel positivo de la colonización”. Así cabe entender también el nombramiento del jovial Boris Johnson en la cancillería británica. Ha afirmado antes que “África está peor porque no estamos a cargo” y sugerido que su población posee una mentalidad menor.

Finalmente, la reacción contra el futuro latino y negro de los EE.UU. se encarna en el hombre consagrado por la convención republicana esta semana. ¿Puede sorprender a alguien que se haya rearmado el Black Panther Party? Como escuché decir a Alicia Garza, co-fundadora de #BlackLivesMatter, las vidas negras importan porque todas las vidas importan.

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