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Colonialidad del poder

17 de abril de 2018 - 10:00 p. m.

La Primera ministra británica Teresa May se disculpó esta semana ante los doce jefes de estado de las naciones caribeñas, por el trato dado a los descendientes de la llamada “wind rush generation”. Se trata en su mayoría de personas que llegaron a Gran Bretaña siendo apenas unos niños. El gobierno de Su Majestad había invitado a sus padres en las posesiones y territorios del Caribe para que emigrasen a la metrópolis del imperio con el fin de ayudar en la reconstrucción del país tras la destrucción causada por la Segunda Guerra Mundial.

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Al haber ingresado al pais de manera legal con los pasaportes de sus padres, nunca se naturalizaron. Cuando la ley cambió en 1971, a nadie pareció interesarle el estatuto de esos niños que habían crecido convencidos de ser súbditos de La Corona. Al gobierno de May se le acusa de haber creado un ambiente hostil a la inmigración que habría contribuido a crear o agudizar el problema. Al defenderse contra dicha acusación, la Secreatria del Interior Amber Rudd ha dicho que, antes bien, “se trata del resultado de decisiones tomadas durante décadas”. Tras disculparse, como es habito entre los politicos actuales, Rudd expresó su preocupación porque “al concentrarnos en la aplicación de las políticas y estrategias institucionales del estado, hemos olvidado al individuo”.

Olvidado al individuo?  Qué tal si, antes que olvidar, las instituciones políticas encargadas de proteger a los individuos simplemente no percibieron a los descendientes caribeños, en su mayoría hombres y mujeres de ascendencia africana, como tales? La fantasía más extendida de la historia británica moderna es que su imperio fue benigno, y por ello no habría dejado en sus instituciones el residuo racista que suele identificarse en sociedades como la estadounidense.

Que se trata de una fantasía estaría siendo confirmado por el trato del que han sido objeto los niños caribeños que crecieron en las islas británicas. Pues si como dice Rudd, este es el efecto de “decisiones tomadas durante décadas” no existe mejor explicación que la existencia de un racismo institucional.

El racismo no aparece tan solo como un fenómeno de exclusion a la vista del color de la piel del otro. De manera harto más insidiosa, el encuentro con el otro no se produce. Respecto del otro racializado no hay lugar a reconocimiento por parte de las instituciones, se lo hace invisible, se lo expulsa a esa suerte de tierra de nadie denominada “la zona del no-Ser”.

Frantz Fanon, quien acuñó el término, relata como al ser visto por un niño blanco francés que camina por la calle con su madre, este le apunta con el dedoy dice: “mira mamá, un negro!”. “Sentí como si la tierra se abriera bajo mis pies”, dice Fanon acerca de un desencuentro similar con un famoso filósofo francés. Lo que sigue al desencuentro puede describirse como una caída sin fondo. Desaparecer bajo tierra.

Para las instituciones británicas los niños caribeños del wind rush permanecieron invisibles durante décadas. En el no ser. Por ello mismo, al no ser, su sola presencia en Gran Bretaña fue percibida como un acto violento. Más allá de la exclusion y la ilegalidad, fueron excluidos de la exclusion misma. Es lo que el sociólogo peruano Anibal Quijano, inspirado por los escritores y críticos del caribe a quienes tanto debe, llamó alguna vez “la colonialidad del poder”.

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