Han sido semanas de fuego. Las bombas que estallaron en Mánchester, Bogotá y Siria. El fuego de la torre Grenfell, convertida en un infierno para los pobres en medio del sector más rico de Londres.
El que se supone justifica combatir con el fuego en la mente febril de Darren Osborne, sospechoso de haber llevado a cabo el odioso ataque contra un grupo de musulmanes en la misma ciudad.
¿No será ese el mismo odio, la misma convención que reza “combatir el fuego con el fuego”, y entonces la misma repetición mortificante que determina ataques como el de la bomba del centro Andino y, en general, la apoteosis de la guerra en Colombia?
Si la respuesta a dicha pregunta es afirmativa, entonces el caso colombiano no es único. Se trata más bien del síntoma de esa peculiar enfermedad de nuestro tiempo que consiste en elevar la supuesta “santidad” de la vida a la categoría de un trascendental en las convenciones, los tratados y las leyes, al tiempo que los mentirosos y quienes están llenos de odio las traicionan.
Al hacerlo aceptan como justo el sacrificio de vidas inocentes si con ello logran quemar el papel en el que están inscritos los tratados de paz, de la misma manera en que ayer aceptaban quemar libros.
Los antiguos, que reconocían muy bien la ambigüedad y duplicidad del lenguaje hablado, los tratados y las promesas, sabían que la posibilidad de emitir palabras en ausencia del referente que ellas significan hace posible separar al discurso de aquello acerca de lo cual discurre. Ello aumenta de manera exponencial nuestra capacidad para decir e imaginar, pero también nuestra capacidad para ser falsos y mentir.
Por ello formalizaron lo que puede ser dicho mediante rituales y gestos reiterados en el tiempo, como darse la mano, de cuya intencionalidad pacífica nos da noticia la Ilíada. Si el discurso miente, hay que cuidar su transcurso.
De ello depende la vida de las instituciones, pero también nuestra saludable distancia crítica respecto del poder de las palabras y las imágenes para persuadir y confundirnos. “Combatir el fuego con el fuego” es una de esas imágenes poderosas. Shakespeare la muestra en King John. Pero lejos de invocar el pulso firme del líder destinado a combatir el mal, ya nos sugiere que los poderosos son en verdad impotentes ellos mismos, pues su fuerza depende de su credibilidad en el tiempo.
Si ello es así, entonces está en nosotros el impedir que continúen propagando el odio y deificando la guerra. Se trata, en últimas, de algo tan simple como un gesto: darnos la mano y creer en ello, y no tanto en las palabras duras, el pulso firme y la limpieza de quienes se proclaman moralmente impolutos.
Sabemos bien que son éstos quienes con el tiempo suelen dar a esa otra palabra ambigua, “limpieza”, su significado más nefasto e incendiario.