El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Consecuencias económicas de la paz

09 de junio de 2015 - 08:45 p. m.

Ninguna lectura es tan urgente por estos días en Latinoamérica, incluida Colombia, y en el resto del mundo como Las consecuencias económicas de la paz de John M. Keynes.

PUBLICIDAD

El más célebre de los economistas ingleses advirtió allí acerca de las consecuencias de la austeridad impuesta. El objeto de su crítica era la paz “cartaginesa”, que forzaba sobre los países derrotados en la Primera Guerra Mundial medidas que éstos no podrían poner en práctica sin arruinar sus economías.Quizá resulte exagerado comparar 2015 con 1915 o 1919. Sin embargo, la sentencia de Keynes que dice que “enfrentamos una Europa ineficiente, desorganizada y desempleada (…), fragmentada por divisiones internas y enemistad internacional, la precariedad, la corrupción y las mentiras” podría encontrar un contexto propio en nuestros días.

Así lo observó recientemente el más célebre de los economistas indios, Amartya Sen. En un ensayo para la revista New Statesman, Sen se preguntaba cómo era posible que los conservadores británicos y americanos culpasen a Keynes por la derrota política de los laboristas ingleses y la casi completa derrota intelectual del liberalismo en Estados Unidos.

Sen apunta una paradoja: tras la Gran Recesión de 2008 tirios y troyanos reconocieron una grave y quizás terminal falla del mercado debida en particular al comportamiento de las instituciones financieras. Aún los más furiosos defensores del capitalismo aceptaron que el estado interviniese en la forma de nacionalizaciones de hecho y regulación. De esa manera el Estado salvó al capitalismo de la quiebra. Lo hizo al precio de endeudarse. Para manejar la deuda, los líderes financieros de Europa y las Américas decidieron imponer sobre las clases media y trabajadora una austeridad cartaginesa. Tal decisión recuerda la situación mundial tras 1930, cuando cortar el gasto público parecía una solución en vez de un problema.

Keynes advirtió en 1936 que perseguir una política de contracción y austeridad tras firmar la paz sería contraproducente. La historia lo confirmó. Sin embargo, los tomadores de decisiones de hoy, pacifistas y no, parecen decididos a ignorar no sólo a Keynes sino también las lecciones de la historia.

No sólo continúan imponiendo contracción y austeridad sino que han confundido esta última con la necesidad de hacer reformas, algunas necesarias, otras no, y además han confundido la reforma y la inversión en capacidades humanas con el radicalismo revolucionario y populista, orquestando el pánico. Al hacerlo han convertido la moderación y el cese de los odios en un vicio y lo razonable en una forma de extremismo. Quizás la mayor paradoja del presente sea que la utopía no es ya la revolución sino la reforma que encarnan, por ejemplo, Podemos y Syriza.

 

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias