¿Es realmente posible la transformación pacífica? Responder dicha pregunta constituye el reto más importante hoy, en Colombia y el resto del mundo.
También el más difícil. Consideren los últimos días. La comisionada Navi Pillay, quien había elogiado el papel de las víctimas en la resolución pacífica del conflicto colombiano, confirmó que los religiosos del EI están llevando a cabo una brutal limpieza étnica en Irak.
También tuvo lugar en St. Louis (Misuri) el funeral de Michael Brown. Su tío, el reverendo Charles Ewing, le recordó al público estadounidense que “la sangre de Michael clama justicia”. ¿Cuál justicia? No la de EI, fundada en una teología de la violencia redentora cuya forma y contenido difieren bien poco de la que anima a otros exaltados religiosos, también entre nosotros, así su denominación confesional difiera.
Tal teología de la redención a través de la violencia no es propiedad exclusiva de fundamentalistas islámicos. También entre nosotros ha hecho carrera la teología política según la cual sólo estaremos seguros el día en que triunfemos sobre nuestros enemigos, lo cual justificaría una respuesta aún más violenta.
Otro tanto sucedió en el caso de EE.UU. en el marco de la Guerra Contra el Terror, que reemplazó aquel otro de la Guerra Fría sin que en verdad cambiasen los términos de la conversación ni las convicciones de los involucrados. “Hay que cambiar la mentalidad y los corazones”, afirmó durante el funeral de Brown el padre de otro adolescente afroamericano muerto en circunstancias similares. “Es en la mentalidad y los corazones donde la gente se aferra a las armas”.
Su afirmación evoca la tradición pacifista que en EE.UU. se identifica con el legado de Martin Luther King y los últimos años del presidente católico John F. Kennedy. Tras estar a punto de cometer el crimen más grande de la historia para defender la libertad, una guerra nuclear, Kennedy giró hacia la paz con el enemigo junto al cual casi comete ese crimen, Fidel Castro. El medio al cual apeló fue el diálogo, que implica reconocer y aceptar la parte de verdad que corresponde al opositor, por difícil que sea.
Tal respeto transformador está fundado en el imperativo moral de “amar al enemigo”. No en el sentido del amor sentimental, sino del respeto. Se trata de buscar la verdad en el contrario, no la victoria. Esta verdad y justicia, no la violencia, nos harán libres.
El método reconciliatorio sigue siendo considerado una herejía por la teología política dominante. Así, Kennedy, King y Allende en su época, como Galán y Pizarro en la nuestra, fueron señalados como traidores y violentamente excluidos. Nuestra responsabilidad es reconocer la dolorosa verdad de esas muertes, y evitar repetir la historia.
*Óscar Guardiola Rivera