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De amor y palabras

13 de agosto de 2013 - 05:48 p. m.

Dos voces de la España en crisis han propuesto volver a pensar el nexo entre el amor, las palabras y el gobierno. Juan Carlos Monedero, director del Instituto Complutense de Estudios Internacionales, ha escrito recientemente: “Hay que sacar el amor de las revistas del corazón y de los programas rosa televisivos, y devolvérselo a la política”.

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El argumento de su libro El gobierno de las palabras es sencillo y contundente: dado que dialogar implica reconocer al otro, respetarlo y reconocerse en el otro, el amor y la reciprocidad están en la base del lenguaje. Cualquier diálogo, por tonto que parezca, tiene más reciprocidad de partida que los monólogos. Por ello asociamos estos últimos —y a la gente que habla sola— con la mentira y la locura, y en cambio, a quienes saben dialogar, escuchar y entender, con la razón, el amor y la verdad.

Las instituciones son diálogos, nos recuerda Monedero recordando a Platón: “Las leyes, cuando tienen voluntad de permanencia, no pueden ser otra cosa que conversaciones”. Por ello, cuanto más universales, “mayor voluntad tienen de hablar con todo el mundo”. Así las cosas, las leyes que apoyan el secreto —por ejemplo, las que se aplicaron hace unos días en Estados Unidos a Bradley Manning o Edward Snowden, y por extensión a todos nosotros— tienden a proteger la mentira y los intereses particulares, y por tanto son menos válidas y universales.

Todo ello tiene que ver también con la felicidad en tiempos de crisis. “Sabemos lo que no queremos, pero no sabemos lo que queremos”, afirma Monedero. Es decir, hemos perdido el control sobre la propia vida y ello nos hace menos felices.

Los pueblos que pueden romper la inercia social para mejorar su situación “tienen la sensación de controlar más las cosas que aquellos que están a la defensiva intentando conservar su estatus”, y son en cambio más felices. Ahí está la explicación de las mediciones que revelan a los pueblos latinoamericanos al parecer más felices que los europeos. Los primeros están en actitud de buscar y recordar, y tienen esperanza. Los segundos quieren salvar algo, y tienen miedo.

La segunda voz de la España en crisis es la del recuerdo. Joan Garcés, protagonista de los sueños interrumpidos de la Iberoamérica de los setenta, ha recuperado para nosotros la memoria de las intervenciones que hicieron de España y Latinoamérica espacios de escasa autonomía y laboratorios de la mal llamada “globalización”. Su libro Soberanos e intervenidos, ya en su cuarta edición, es un clásico.

Ambos autores concluyen que sólo cuando hay memoria los mentirosos tienen menos oportunidades. Tener memoria es ser fiel a la verdad y las palabras. Es amar. Cuando la memoria se hurta, el engaño permanece “y los timadores son reyes”. Como en Colombia.

* Óscar Guardiola-Rivera

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