Durante el reciente Foro de Arte Global en Dubái, presenté en escena, junto con la poeta india Tishani Doshi, una pieza llamada Funk!, un experimento con gatos y cajas negras sobre la guerra en Colombia.
Se trata de un experimento multimedia que combina escenas de cine y el evocador poema Las niñas salen del bosque de Doshi, danza entre la India y el Caribe, y textos escritos a manera de memoria filosófica sobre nuestra juventud marcada por la guerra. Pero es, sobre todo, un homenaje a los dramaturgos latinoamericanos, y a los colombianos en particular, quienes han presentado mejor que ninguna otra forma o género del arte el impacto de la guerra sobre el espíritu de quienes nacimos y crecimos a su sombra.
Los artistas cuyo trabajo informó la pieza estrenada en Dubái han sobrepasado hace tiempo las fronteras entre el arte dramático, la narrativa y lo visual, de manera que sería mejor describir su práctica como multidisciplinar, irreducible a los géneros más tradicionales, tanto antiguos como modernos.
Óscar Murillo, quien estuvo presente en el foro, dejó atrás los confines del estudio y convirtió la escena del foro en el lugar de su práctica, dibujando y escribiendo de manera casi automática sobre un álbum familiar de fotografías cuyas vistas evocaban el Cauca y Londres de la diáspora causada y la violencia real y simbólica de nuestros países. Mientras tanto, el curador iraní Mohammed Salemi y la editora china Stephanie Bailey reflexionaban de manera crítica acerca de la diáspora global como el lugar en donde hoy tiene lugar la vida más o menos precaria de los artistas más jóvenes y su práctica. El diálogo fue intenso, presto a la controversia, inmune a la búsqueda de respuestas fáciles o lugares comunes.
En algún momento dio lugar a una suerte de dramaturgia, que evocó en el escenario los trabajos de Carlos Motta, en particular su Seis actos: Un experimento sobre justicia narrativa, referenciado de manera explícita en el subtítulo de Funk! En un diálogo anterior con el curador Niels Van Tomme, Motta explicaba su intento de movilizar en esa obra la noción de “justicia narrativa”, tomada a préstamo de un profesor de psicología que ha desarrollado talleres preformativos con víctimas de trauma, guerra y violencia usando la narración como un medio de resolución de conflictos.
“Desde cierta perspectiva”, observa Motta, “podría argumentarse que la violencia, la desigualdad y la opresión, tanto como la política en su sentido más genérico, justicia social y activismo, se manifiestan en la forma de construcciones narrativas” e imaginarias. Su práctica nos invita a comprender mejor los usos de la ficción, las formas documentales y las estrategias preformativas para intentar construir espacios de interacción social y política. Muy relevantes en la era de la posverdad y la neutralización moralista de lo político.