El poeta inglés W.H. Auden dijo alguna vez que “en nuestra época el mero acto de realizar una obra de arte es en sí mismo un acto político”. En la medida en que existan artistas… su trabajo recuerda a los administradores algo que la administración necesita que le recuerden: el Homo laborans, la clase trabajadora, es también Homo ludens, en el sentido más universal de este último término.
Ese sentido es todo lo contrario del espíritu de seriedad y estatalidad que parece haberse apoderado de ciertos artistas recientemente. Este espíritu se afirma a sí mismo de manera incondicional al elevar las tragedias que tienen lugar aquí o en el vecindario al nivel de una categoría trascendente, como algo externo que nos ha ocurrido y de lo cual hemos sido víctimas y solamente víctimas, nunca perpetradores.
A la tragedia real se la representa entonces como una suerte de contexto de todos los contextos, o el gold standard de la responsabilidad moral más abstracta. Y decimos “nunca”. Exorcizados de toda responsabilidad, no solamente nos sentimos reconfortados, como la “gente de bien” que suponemos siempre haber sido, sino que además creemos tener la superioridad moral, cultural o inherente a “nuestros valores” respecto de otros a quienes calificamos de irresponsables, irracionales o algo más atrasados cultural o inherentemente, y cuyo mal querríamos exorcizar.
Ya no estamos en arte, en un concierto, por ejemplo, sino que asistimos a la seriedad de un exorcismo y a la limpieza del mal que se encarnaría en otro: el villano de turno. Ya no es tragedia, sino un western americano en el que los negros, los indios y los mexicanos son siempre los malos. No existe un paso siquiera que separe a esta afirmación incondicional de uno mismo, de nosotros como gente de bien, de la pretensión de supremacía.
Desde esa posición, suponemos legítimo juzgar la irresponsabilidad moral del vecino, la proverbial paja en el ojo ajeno, y olvidarnos como si se tratase de un pasado inexistente de la viga en el propio. Negamos la existencia misma del conflicto interno, de los paramilitares que siguen operando en la frontera con el vecino país y cuyo nombre reemplazamos por un eufemismo, o la responsabilidad que cabe a quienes se siguen beneficiando política y económicamente de esa guerra negada.
Apuntamos con el dedo al vecino, a sus yerros y violaciones, y permitimos al arte dar el paso que no puede permitirse: convertirse en un tribunal de cuentas. Es lo que separa al arte del tribunal y al artista del juez, o al arte político consecuente del arte partidista, según Auden. Este último convierte a la tragedia en un sistema coercitivo, como el western. Una farsa cuyo objetivo es domesticar al individuo, ajustarlo y aplastar la esperanza. Llega el cowboy. Nos pide que aplastemos al vecino.