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08 de septiembre de 2015 - 02:56 p. m.

No me siento extranjero porque soy de América Latina.

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Esta frase, sin comillas porque nos pertenece a todos, hace del hombre que la empleó esta semana un ejemplo: Iván Velásquez. Y según rezan las pancartas en las calles de Guatemala, ese país al que se refería al hablar de tal forma y del que no es nativo, lo ama. Su país nativo, en cambio, lo odia. Lo odia por haberse atrevido a decir la verdad. No porque haya sido el primero en descubrirla. Se trata de una verdad que todos saben. Lo odian por perseguirla, por correr con ella y hacerla palabra, y a la palabra verdadera sentido y eje de su práctica. Se trata de una coherencia que ya no se estila. Es antigua, como Sócrates. No trae ganancias ni consigue amigos.

Tal es el caso de Velásquez. Cuando persiguió la verdad en su país nativo lo intimidaron, desprestigiaron, amenazaron con darle muerte, y se dice que fueron sus amigos y colegas quienes le dieron la espalda. Aún tiene poderosos enemigos. ¿Qué verdad terrible es esa? Es una que todos saben pero nadie quiere escuchar, y antes bien se esfuerzan por actuar como si nadie lo supiera: que en su país nativo existe una alianza entre el poder del establecimiento, ese cuyos defensores vociferan megáfono en mano pasando juicio sobre otros porque creen tener la mayor estatura moral, y la peor de todas las corrupciones.

Un año después de haber sido obligado a renunciar a la búsqueda de la verdad en su país nativo, Velásquez llegó a Guatemala. La de los terratenientes que dieron su apoyo a un gobernador de provincia cuyo apellido empezaba por U, de Ubico, para que hiciera legal el asesinar con el fin de defender la propiedad privada. La de la United Fruit Company. La de la guerra civil entre 1954 y 1996, un episodio más de la guerra fría en caliente auspiciada por los EE.UU. en América Latina. La que dio origen a los guevaristas, comenzando por Guevara. La que dio origen al general Ríos Montt y a la derecha paramilitar, la Mano Blanca y el Ejército Secreto Anticomunista, las interminables masacres de indígenas, y al antiguo jefe de inteligencia militar durante la guerra.

Ese antiguo jefe de inteligencia, el general retirado Otto Pérez Molina, quien había llegado a la Presidencia prometiendo acabar con la corrupción, cayó esta semana. En parte por #RenunciaYA, y en gran parte por Velásquez. Logró en Guatemala lo que no pudo en su país nativo: llevar la verdad hasta el lugar mismo del poder. El ahora expresidente Pérez Molina enfrentará a la justicia. No es sólo justicia lo que se requiere, también verdad, para que un país recupere la esperanza.

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