El sueño de una América unida, post-racial, se ha desvanecido esta semana.
En las calles de Ferguson, Norteamérica ha visto desaparecer como un truco de humo y espejos la idea de acuerdo con la cual tras la elección de Barack Obama, ser negro en Estados Unidos ya no significaba estar en la mira de una policía “militarizada hasta el tuétano”, al decir del excandidato presidencial Denis Kucinich.
Mientras tanto, en Sudamérica, la lista de doce víctimas del cincuentenario conflicto colombiano le ha revelado en sus múltiples dimensiones; dominante entre ellas la que ha confundido al pueblo con el ethnos, al imaginar a indígenas y afros como supuestos obstáculos en el camino histórico del progreso. Dicho imaginario – que sigue determinando entre nosotros la ruptura de lo político – les ha puesto justo en medio de las violencias: estatal, para-estatal y anti-estatal.
Así las cosas, pace el bien intencionado comentario del presidente Santos, el conflicto no es uno así su solución sea única. Pues al parecer de la lista compuesta enhorabuena por la ONU, la Iglesia y la U. Nacional, nuestro cuerpo político ha sido desmembrado en al menos doce partes.
Para recomponerlo no basta declarar la unidad; es necesario reemplazar por otra la imagen narrativa de un camino necesario hacia la tierra prometida del progreso, cuyos obstáculos sería necesario extirpar. ¿Qué otra? Propongo que el nuevo objeto, que no fin de nuestra historia política, sea realizar la justicia social y la igualdad aquí y ahora.
Por ello hay que cuidar que entre nosotros la paz no se convierta en una excusa para que los beneficiarios económicos del conflicto puedan deferir su obligación de reparar; bajo el pretexto de que la justicia siempre tarda y debemos ser pacientes. Sería obsceno exigir paciencia a esas doce víctimas, o derivar alguna virtud de su sufrimiento.
Colombia tiene la oportunidad singular de verse reflejada en el espejo de esas doce víctimas y reconocer entre ellas su rostro indígena y afro, mujer y campesino, policía y miliciano.
El punto no es que tal número pueda representar el amplísimo espectro de violaciones y violadores. Más bien se trata de aprovechar una oportunidad histórica – realizar la justicia respecto del pasado injusto aquí y ahora, según lo sugerido por la comisionada Navy Pillay.
Como en el caso de las protestas de Ferguson esta semana, y las de Londres hace tres años, “insistir en la criminalidad de los involucrados como si ello explicase sus motivaciones, y el contexto fuese irrelevante, sería fatuo” al decir del periodista Gary Younge. Citando a Martin Luther King, Younge nos recuerda que la protesta y la violencia constituyen el lenguaje de los que nadie escucha o quiere ver. La pregunta ahora es si estamos dispuestos a escuchar y ver.
Óscar Guardiola Rivera *