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Entre Mexicolombia y Venecuba

05 de enero de 2016 - 09:57 p. m.

Quizás sea demasiado pedir. Como una de esas resoluciones para el año nuevo.

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¿Podrán nuestros opinadores tomar en serio las instituciones comunitarias? Escribiendo para El País, Felipe González describe la puesta en marcha de asambleas “comunales” en Venezuela como una oscura maniobra explicable sólo por el “afán destructivo de Maduro y Cabello”. González, cuyo camino va de la misma izquierda melancólica y arrepentida de la cual provienen los nuevos filósofos franceses y Vargas Llosa hasta el ordoliberalismo, las páginas sociales y los consejos corporativos, utiliza las comillas para dejar en suspenso el carácter comunitario de dichas instituciones.

Sugiere que allí no hay pueblo, tan sólo los oscuros intereses de ciertos individuos. La voluntad soberana, si existe, se reduce a ciertos intereses individuales y, en el mejor de los casos, a mayorías como la que votó el 6 de diciembre. No importa que también Maduro haya sido elegido por una mayoría y, en efecto, que lo haya sido por el mismo sistema electoral que eligió a la oposición en diciembre pasado. Es como si en el último caso sí hubiese pueblo, pero en los anteriores no. Y nada cabe decir acerca del posible origen popular de las asambleas. La conclusión está dada de antemano: las revoluciones latinoamericanas de las dos últimas décadas han fracasado.

No cabe dudar que Maduro y Cabello tengan sus propios intereses. Pero críticos venezolanos de izquierda como Edgardo Lander y Fernando Coronil nos habían advertido de que sería un error confundir esos intereses, o los de la mayoría, con la voluntad general. Esos críticos no han tenido que esperar la opinión de un exgobernante español para observar con preocupación la deriva vertical del PSUV, que lo alejaba de las bases comunitarias que lanzaron el proceso bolivariano tras el Caracazo, antes de Chávez. Mientras para el español el Caracazo no pasa de ser un momento dramático, “pero el país producía más”, para los venezolanos el criterio de lo político no puede ser reducido al individualismo o la productividad económica.

¿Qué tal si se compara el retorno a las bases comunitarias, tardío como pueda ser en el caso venezolano, con la suerte de instituciones similares como los caracoles del zapatismo mexicano? En tal caso, lo que desde arriba parece fracaso podría ser una oportunidad para los de abajo.

Juan Villoro ha observado que, lejos de la atención mediática y de la Mexicolombia, donde asesinan alcaldesas de izquierda, en sus cinco caracoles “los zapatistas reinventan los días”. No se trata de negar las dificultades del vecindario. Se trata de apuntar que no estamos condenados a una existencia mediocre, entre Mexicolombia y Venecuba. Se trata de comprender que “la meta inalcanzable está a la mano”.

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