Nunca antes en la historia la humanidad se había enfrentado a un reto como este: la necesidad de actuar juntos para salvar el planeta.
Como ha dicho el arzobispo Desmond Tutu, no es sólo una necesidad científica. “Es el reto a los derechos humanos más importante de nuestro tiempo”, escribió en la víspera del foro sobre cambio climático de la ONU. Las palabras del arzobispo sudafricano encierran una especial sabiduría.
Dado que el cambio climático es consecuencia de la acción colectiva, no de algún individuo en particular, conjurar la catástrofe por venir requiere de una acción colectiva. Ello implica la necesidad de pensar el planeta y los procesos vitales, políticos y económicos que en él tienen lugar desde el punto de vista de la especie, no del individuo y sus intereses.
El cambio climático ha hecho obsoleto el individualismo ético y metodológico que funda la economía y el liberalismo capitalista, tanto como la idea de jerarquía cósmica única que anima el conservatismo de raigambre religiosa. Por ello, biólogos, antropólogos e historiadores se refieren al período de la historia abierto por el reto climatológico global con el nombre de Antropoceno.
Pero tal denominación puede ser equívoca. Pues si bien es cierto que el calentamiento de la Tierra es consecuencia de una acción colectiva, ello no implica que todos seamos igualmente responsables.
De una parte, africanos y latinoamericanos en las regiones más pobres del planeta, que emiten menos contaminantes que quienes viven en otros lugares, pagarán el precio más alto. De la otra, las industrias y países que más se han beneficiado de los combustibles fósiles continúan imponiendo sus objetivos económicos de corto plazo a la supervivencia de todos. Es una profunda injusticia que hace injusto el sistema político y económico dominante. Habría que hablar de Capitaloceno, o biocapitalismo, como sugiere el filósofo colombiano Eduardo Mendieta.
“Así como en los 80 concluimos que quienes hacían negocios con la Sudáfrica del apartheid colaboraban con un sistema inmoral”, escribe Tutu, “ahora podemos decir que nadie debería beneficiarse del aumento de la temperatura en los mares y el sufrimiento humano causado por el uso de combustibles fósiles”.
Esa afirmación se aplica de manera particular en países como Colombia o Venezuela, cuya economía depende del extractivismo a pesar de la diversidad de sus ideologías de gobierno. Puede ser tan contradictorio cimentar una revolución sobre la dependencia del petróleo como hablar de libertad y progreso cuando la locomotora destruye el planeta con sus emisiones.
Acciones colectivas como las que pusieron fin al apartheid podrían hacer frente al fenómeno. También requerimos otra imagen del mundo: la naturaleza no es sólo una reserva de recursos. En verdad, esto cambia todo.
*Óscar Guardiola Rivera