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Fascismos

03 de noviembre de 2015 - 10:37 p. m.

Durante la Guerra Fría se hizo común el incorporar al fascismo en el marxismo y sugerir la paridad del nazismo y el socialismo soviético como regímenes autoritarios. El objetivo era polarizar la contienda y presentarla como una variante de la eterna lucha entre el bien y el mal, la libertad y la servidumbre.

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El efecto de tal paridad fue remover el fascismo de las consideraciones contemporáneas, limitando toda consideración acerca de su recurrencia futura. Revisionistas como Ernest Nolte y François Furet se referían a “la ‘época del fascismo” o el legado “neo-jacobino” con el fin de señalar su pertenencia al cubo de basura de la historia.

En las Américas, la teoría de la modernización y el desarrollo programático contribuyó al desvanecimiento del fascismo. Al decir “modernidad” donde sería más apropiado hablar de acumulación capitalista, facilitó esa borradura al remover toda conexión entre las crisis comerciales o financieras y la variedad de intentos para resolverlas, o evadir sus efectos políticos. La aptitud del capitalismo para crear desigualdades e inequidades fue malentendida como “subdesarrollo,” un fenómeno de atraso temporal y cultural, en el peor de los casos asociado a la persistencia de poblaciones atrasadas, lo que debería leerse como un recurrente signo fascista, y suprimida en favor de la promesa del desarrollo.

El contexto es más o menos teológico. El desarrollo como promesa que vendrá si confesamos nuestras culpas (en un tribunal de reconciliación, por ejemplo) y de todo corazón abjuramos las tentaciones jacobinas. La promesa que identifica la relación entre democracia y capitalismo como un orden natural o divino. Tal fue el argumento de los jóvenes conservadores chilenos cuyo golpe inauguró entre nosotros la larga noche del dogmatismo que no cesa.

El mismo argumento podía leerse en las pancartas de las protestas que en Brasil pedían el retorno de la dictadura a comienzos de este año. El mismo que usó la semana pasada el presidente portugués para desautorizar la formación de un gobierno por parte de la mayoritaria coalición de izquierdas rompiendo con ello las reglas democráticas. El de los medios que toleran posiciones disidentes siempre que las tales no amenacen la circulación ilimitada de bienes y opiniones, o convertirse en alternativa real de poder. Cuando ello ocurre, como en España o Bogotá, los medios tienden a tomar el lado del establecimiento en nombre de la libertad de opiniones.

El fascismo radicalizó el fracaso del liberalismo económico en los 1920. La respuesta fascista al impasse de hoy ha sido reformar la economía de mercado al precio de minar la democracia, pero quedándose con el monopolio estatal de la fuerza. Y como muchos desean en Portugal, Francia o Latinoamérica pronto no habrá izquierda que la detenga.

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