La misión le es confiada por los señores Oido y Odeim, quienes gestionan desde las sombras por cuenta de “un señor extranjero”.
Sebastián Urrutia, sacerdote y crítico literario, acepta estudiar la manera como Occidente conserva su majestad. Para cumplir su cometido, Urrutia viaja a los países de Europa. Allí descubre el arma secreta que permite al dominio cristiano de Occidente conservar su majestad: halcones.
Frente a cualquier amenaza, real o imaginaria, los jerarcas de Occidente lanzan a sus halcones para que destrocen al enemigo. La escena, descrita por Roberto Bolaño en Nocturno de Chile, asume el lugar de una explicación sobre geopolítica global: al final, los poderosos lanzan a sus furiosos halcones. Estos se encargan de aterrorizar a todas las palomas. De tal forma, los primeros mantienen su poder sobre las segundas.
No por obvia es esta explicación menos bella, y universal. Puede aplicarse, como quiere Bolaño, a los sucesos del 11 de septiembre chileno, cuyo cuadragésimo aniversario tendrá lugar la próxima semana. Pero también, con escasas variaciones, al caso actual de la ya decidida próxima intervención de los poderes occidentales en Oriente Medio. Y de la reacción desentonada y equívoca de las élites y el gobierno colombiano frente a los reclamos del campesinado.
En EE.UU., los halcones defienden la necesidad de castigar a otro halcón, uno menor al parecer, por haber hecho uso de armas no convencionales. Nadie les cree pues el argumento reitera los de diez años atrás, que sabemos falsos. Con todo, presentan su “evidencia” como un “hecho” irrefutable. Lo que no hacen es dar cuenta de los muchos conflictos que afectan a la región: la revuelta popular convertida en lucha sectaria, parte de un enfrentamiento suní-chiita intensificado desde Afganistán hasta el Mediterráneo, a su vez parte del conflicto que desde los 70 enfrenta a Israel, EE.UU. y Arabia Saudita contra Irán y sus aliados. Y la guerra étnico-religiosa que lidera en el sureste Al Qaeda, a quienes beneficiará la intervención.
La ignorancia, como en el caso colombiano, se vuelve calamitosa. En Gran Bretaña, los halcones sufrieron una derrota que bien puede ser temporal. Otros halcones, el francés —que lleva rato interviniendo en sus antiguas colonias africanas— y el omnipresente estadounidenses asumirán el papel de protectores imperiales que nadie, salvo ellos mismos, les ha otorgado. ¿La solución? Como no existe apetito ni razón para una guerra eficaz, el camino es una paz eficaz. Ello implicaría que los poderosos abandonen la equivocación y la hipocresía. Y ni aún así será tarea fácil.