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Imaginar y reinventarse

29 de octubre de 2015 - 07:18 a. m.

La Cámara de los Lores pasó por encima de una nueva medida de austeridad aprobada esta semana por los Comunes británicos.

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 Al hacerlo, los no electos Lores se pusieron a la izquierda de la recién elegida mayoría en la Cámara de los Comunes provocando una “crisis” constitucional.
Entre tanto, en Portugal, el presidente conservador se negó a permitir que la coalición mayoritaria de izquierdas formase gobierno, rompiendo las reglas de la democracia parlamentaria y permitiendo que se hable de un nuevo “golpe” contra la democracia en Europa.

En ambos casos, la tendencia a naturalizar ciertos arreglos establecidos en la ciencia social de la economía se ha alzado aún en contra de las leyes y la democracia. Tendencia peligrosa. Corta el enlace vital entre el saber pragmático y realista acerca del mundo actual, y el poder de imaginar mundos virtuales más íntegros capaces de superar las limitaciones del presente.

En las ciencias sociales, ello ha llevado a que éstas degeneren en una suerte de hegelianismo de derechas: “la racionalización retrospectiva de un mundo cuyas vicisitudes históricas y oportunidades transformativas ellas se muestran incapaces de comprender,” como dice Roberto Mangabeira. En política, el resultado ha sido la tendencia equivocada a distinguir entre la sustitución revolucionaria de un sistema o el mantenimiento reaccionario del que existe, y la administración del mismo.

Quienes así piensan asumen cada uno de los términos en dicha oposición como si fuese un todo indivisible. En consecuencia, dividen la política entre “administrar” o gerenciar (sic), y la transformación radical que polariza y es violenta. De esa equivocación son culpables las tradiciones clásicas de la teoría social, inclusive el marxismo. Pero es la izquierda la que más ha sufrido las consecuencias del error que consiste en creer en la existencia de sistemas indivisibles e históricamente recurrentes como el capitalismo, a los que se supone acompaña una lógica única y estricta.

Los electores son invitados a elegir “gerentes” y rechazar la “polarización,” como acaba de ocurrir en Bogotá. Lo cierto es que el cambio puede ser gradual en su método o moderado en su proveniencia pero radical en sus resultados, como en el ejemplo de los Lores. O la elección de Hollman Morris, un gerente, como solitario concejal de la izquierda petrista que en realidad nunca le apoyó. Y la moderación de las diferencias, como en el caso de la izquierda portuguesa, puede revelar el carácter anti-democrático del dogma neoliberal. Para reinventarse la izquierda debe hacer suya esa concepción del cambio, rechazar distinciones falsas, y reivindicar el poder de imaginar alternativas conectadas con el aquí y el ahora.

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